familia monoparental y adopción

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7 años

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Hace 7 años, A. me dijo: ¿Por qué no escribes un blog?

No solo esto, sino que me lo diseñó, buscó el fondo, escogió los colores, y me lo ofreció, como un regalo envuelto con un lacito.

Me sentí como una niña con zapatos nuevos.

El blog se convirtió en lugar de reflexión, vómito a veces, archivo de mi memoria familiar,  punto de encuentro, centro de una red de difusión de historias sobre el racismo, la familia, la adopción, la vida.

En estos siete años, han llegado y se han marchado lectores, ha habido entradas que se han convertido en foros de debate, alguna se ha hecho viral, otras siguen siendo leídas al pasar de los años.

Mi familia cambió, creció, se mudó, se ajustó. Los niños están entrando en la adolescencia. El día a día se ha llenado de cosas que tiran de nosotros.

Y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Pero aquí seguimos, a pesar de todo. Intentando no perder el hábito de escribir, de compartir. De asomarnos al mundo.

De celebrar cada pequeña cosa. Como que este blog haya cumplido 7 años.

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Nada que celebrar

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¿Las calles serán siempre nuestras?

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A., amiga que vive en Barcelona, me envió esta maravillosa foto de la manifestación del lunes. La colgué en las redes (y se hizo viral: ese mismo día me llegó vía Whatsapp de otra amiga que no tiene ninguna relación) y enseguida saltó alguien a decir que “esto, ahora, no toca”. Una frase que a los catalanes nos resuena mucho: solía decirla uno que nos ha robado mucho desde Pedralbes.

Al hilo de esto, me he enamorado de este artículo de Brigitte Vasallo, que, una vez más, da en el clavo. Así que me he permitido la libertad de traducirlo y compartirlo aquí.

Sara Ahmed utiliza una imagen de la típica cena de Navidad con la familia, donde todo parece felicidad y armonía, donde todo el mundo se quiere por unas horas aunque no se soporte, donde todo es bonito aunque estén todos los conflictos latentes. Y ahí estás tú, la feminista, la queer, la rara, escuchando los chistes racistas de tu prima, las bromitas machistas de tu cuñado, y llega un momento en el que no puedes más y te conviertes en la aguafiestas de la celebración. Te cargas la cena de Navidad, y la culpa no es del racismo ni del machismo: es tuya, que tienes que quejarte también hoy que estamos todas tan bien. La feminist killjoy, la llama.

Estos días en Catalunya no hemos vivido una cena de Navidad sino una orgía donde vas con muchas ganas de juerga pero cuando entras en materia resulta que todo es machista, casposo y de un heterocentrado que te quiere morir. Y se te van las ganas de follar. Pero parece que eres la única: todo el mundo se meta, y todo el mundo cuenta al día siguiente que estuvo en una orgía que fue lo más.

Yo hace tiempo que volví a ponerme la ropa en esta orgía. Y reconozco que estos días aún he hecho todo lo posible para enamorarme, como cuando conoces a alguien que sabes que no encaja contigo pero tienes tantas ganas de subidón que miras hacia otro lado y te sueltas. Enamorarse, de hecho, tiene mucho de esto, al menos en el mundo del amor romántico: es por esto que decimos que el amor es ciego. Pero esta vez no me ha funcionado. Y sí, vengo a hacer de aguafiestas.

La primera vez que salí a la Vía Catalana no vi  un pueblo unido, sino unificado. Vi un ejército civil vestido de amarillo. Tengo alergia a la uniformidad, lo reconozco, tengo miedo de la unidad que sale de repente y que viste, aunque sea solo por unas horas, a todo el mundo del mismo color. Estos días lo he vuelto a ver, y he tardado mucho en entender por qué, pero ayer, en las manifestaciones, no paraba de amargarme pensando donde estaba esta gente cuando empezaron los recortes, cuando se empezaron a rescatar bancos. He intentado creer que el pueblo por fin ha despertado, pero no puedo: no dejo de pensar que el pueblo está obedeciendo, y nos lo tomamos como desobediencia porque está, simplemente, obedeciendo a un poder nuevo.

Vayamos por partes, si queréis. Mi barrio, como los vuestros, está lleno de carteles por la democracia, con el dibujo de una cara con la boca tapada. Todos los carteles son iguales (ay, la uniformidad) pero ninguno de estos carteles aparecen cuando las personas migradas continúan sin derecho a voto ni aparecieron cuando se implantó la Ley Mordaza. ¿Cuál es el derecho a voto que nos indigna o nos dignifica? ¿Cuál es el silenciamiento que nos enrabia y cuál no? Estos días de euforia hemos visto a los trabajadores y trabajadoras de las torres negras de La Caixa (Mordor, le llamábamos no hace mucho) salir a la calle a gritar “las calles serán siempre nuestras”. Cuando dicen nuestras, ¿a quién se refieren? ¿Son de la gente a la que desahucian desde sus edificios? ¿Son de los manteros y de la gente que hace venta ambulante? ¿Quién es el “nuestros” que les han sacado a la calle?

Ayer había un cartel en una mani: “nuestras abuelas no se tocan”. Pero la feminización de la pobreza, la miseria de las pensiones o las abuelas en campos de refugiados no nos conmueven, o no lo bastante para movilizarnos. He visto, también, a la gente aplaudiendo a los Mossos d’Esquadra en la Plaza Catalunya y esto reconozco que me ha hecho daño por su terrible simbolismo. Guy Debord explicaba en La Sociedad del Espectáculo que vivimos en un mundo de presente continuo, donde el pasado no existe, donde todo empieza termina en el momento espectacular. No veo mejor ejemplo que este, en el lugar mismo de los desalojos con violencia por parte de los mossos el 2011 a este mismo pueblo , ahora enamorado. Una amiga lo definía así: “salir ahora a las calles es sexy. Salir para ir a una asamblea de la PAH un lunes de invierno, no lo es”.

Sé que las me leéis desde aquí estáis en los campos de refugiadas y estáis y estáis en los desahucios. Pero no hablo tanto de vosotras, sino de la chica esta con la que os habéis deslumbrado. Y hablo del enamoramiento, de la orgía.

Es evidente que estamos enrabiados, que las cargas policiales de estos días merecían una respuesta contundente de la población, que estamos hartas y tenemos derecho a gritarlo y llenar las calles para decirlo. Es evidente que esto no puede ser. El dilema que no me deja dormir tranquila es “por qué ahora sí, y en otros momentos no”.

La respuesta que tengo es fea, claro. Mientras todo esto pasaba, Cine Migrante Barcelona proyectaba The revolution will not be televised, de Rama Thiaw. No he visto la película, pero conozco bien la canción de Gil Scott-Heron que le da título. La revolución no será televisda. En esta revolución, los medios de comunicación han sido la clave. No los medios alternativos, que han hecho el trabajo que todas necesitamos, sino los grandes medios de comunicación. La cobertura de la televisión española ha sido de unos niveles de manipulación infantilizante que conozco bien por haber pasado la juventud mirando la televisión de Hassan II en Marruecos. Pero la narrativa de TV3 no ha sido mejor. O, quizás, lo que quiero decir es que ha sido mejor por una vez, y que es esto lo ha hecho la diferencia. Todas sabemos qué dice TV3 cuando hay un desahucio de un centro autogestionado o una mani. Que si la violencia, que si los alborotos, que si grupos antisistema… y todas recordamos haber esto en estas manis y saber que la cosa no fue así. Todas conocemos la sensación de haber visto nuestras reivindicaciones sistemáticamente silenciadas, manipuladas, y hemos visto como se ponía el pueblo en contra de acciones que eran totalmente justas y dignas. Los desahucios, los CIEs, qué ha pasado con todo esto.

Esta vez la dialéctica ha cambiado. Los grandes medios de comunicación del país, TV3, el diario Ara, Catalunya Ràdio… han dignificado la revuelta y le han dicho al pueblo que está bien, que es justo, que esta es una revolución de los buenos contra unos malos que son los de fuera pero sin los de fuera (el primer fuera quiere decir España, el segundo quiere decir los migrantes que no han podido votar). No es solo indignación, que también. Es una indignación a la que le han dado permiso para existir. Y el pueblo ha obedecido.

Lo preocupante de todo esto es el espacio que ocupamos los movimientos sociales autónomos. Tenemos que estar, claro que tenemos que estar, pero nosotros no podemos perder el espíritu crítico. Sé que tenemos ganas de enamorarnos, y que las orgías están muy bien y dan historias muy buenas para contar al día siguiente. Pero tenemos que mantener alguna parte de nuestra autonomía presente. No nos equivoquemos: el nuevo país será un país normal, y nuestra euforia contribuirá a hacerlo normal si no nos paramos a mirarlo con un poco de distancia. No podemos seguir haciéndole juego al binarismo  simplista, mucho menos en los tiempos duros que se nos vienen encima. La disidencia frente a esta aparente disidencia masiva no es la normatividad. No enamorarse de esto no quiere decir ser unionista, ni española, ni estar contra la independencia o el derecho a decidir. Hay espacios más allá y no nos podemos perder en el camino. Porque ni las calles son hoy nuestras, ni el poder popular es esto que hemos vivido, desgraciadamente. Y si algo nos hará falta en las próximas semanas son unos movimientos sociales con la cabeza fría y el espíritu crítico que nos define en estado de alerta para dar respuesta más allá de la orgía.

Eta please kill Raúl

En 2002 estuve en Bosnia y en Croacia. Con X. y con C., en un viaje extraño, del que volví tan revuelta como me fui.

Estos días pienso mucho en las cosas que vi allí. Y no soy la única, por lo que se ve: leed este artículo de Ramón Lobo.

Unos meses después de volver de mi viaje, en Navidad de 2002, escribí este cuento. Y no me lo quito de la cabeza.

 

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ETA PLEASE, KILL RAÚL

En el cartel decía: “paella”, “tortilla española”. Nada insólito, si no hubiéramos estado en medio del barrio turco de Sarajevo, menos de una década después de la última guerra.

El restaurante era de un bosnio musulmán que durante la guerra había vivido refugiado en Valencia y allí había aprendido a cocinar. A cocinar paellas, al menos. Esto nos lo contaron el grupo de españoles de una agencia de cooperación que cenaban allí, las primeras personas a las que oímos hablar español en esos días, si exceptuamos tres soldados de las Fuerzas de Paz de la ONU. Gente que trabajaba intentando mantener el equilibrio precario de esto que se llama paz. Llevaban entre unos cuantos meses y unos cuantos años viviendo en Sarajevo y de vez en cuando les gustaba comer algo que les recordara casa.

Nosotros no, nosotros éramos turistas, los primeros que llegaron a Bosnia después de la guerra. No cooperantes, no reporteros, no intelectuales, aunque habríamos podido ser cualquiera de estas cosas en la vida civil, y en algunos casos, lo éramos. Entonces, allí, solo turistas. Y buscábamos algo de sabor local.

Los cooperantes nos mandaron a un restaurante pequeño en un patio con escaleras, iluminado con velas, donde el vino era tan malo que tenías que desnaturalizarlo con agua. Como casi todo el vino en Bosnia. Salía, el restaurante, en un fragmento de una novela de moda que habían fotocopiado en la carta. No la guardo, así que no recuerdo qué decía: quizás que cenar en aquel local era como escuchar discos viejos de blues en un tocadiscos viejo. Cenamos ensalada, con mucho pepino, y queso, queso “doméstico”, este es el adjetivo que usó el camarero, también para el vino. Y después, un postre “doméstico”, uvas con la piel muy dura, probablemente de la parra del patio. Y después, aquel camarero, un chico dolorosamente guapo, dolorosamente joven, demasiado duro para sus 19 años, se sentó con nosotros porque ya había terminado el trabajo y porque los Marlboro que había en la mesa le apetecían más que sus Walter Wolf. Es curioso que recuerde el nombre de los cigarrillos y no el nombre del chico.

Sonaba música.

Yo era pequeño cuando empezó al guerra, nos contó. Iba a la escuela, la escuela cerró. Continuamos dando clase en un piso, un día cayó una bomba, la maestra y 9 niños murieron. Era mi maestra. Yo vivía en este lado del puente, era pequeño. Después dejé de ir a la escuela. Mi padre es bosnio, y mi madre de Montenegro, es serbia. Pero no exactamente serbia, no del todo. Y no soy ni bosnio ni serbio, soy de Sarajevo. Esta ciudad tiene alma.

Esto es lo que yo había estado intentando explicar, explicarme, desde que entramos en Sarajevo, entre edificios bombardeados, por la avenida de los francotiradores que había visto en mil telenoticias, las ventanas ciegas, la calle desierta, la sensación de que te miran, de que te pueden disparar, de que te dispararán. Que tienen mi vida en sus manos. ¿Cómo debe ser jugar a ser Dios? Cuando entras en Sarajevo, tienes la sensación de que dos mil años de Historia te contemplan. Que estás en un lugar donde pasan cosas que cambian el curso del mundo. Hay emplazamientos donde, sistemáticamente, todas la religiones construyen sus templos. Bajo los restos de una iglesia hay una mezquita y debajo, las ruinas de un templo romano. Y debajo, piedras inmensas que quizás eran la manera de un pueblo primitivo de pedir perdón a sus dioses. Sitios con alma.

Sarajevo es un templo de la Historia. Y tiene alma.

Y tiene los tranvías más antiguos de Europa, y edificios del siglo XIX, y puentes sobre el río, estos ríos que tanto han determinado la Historia balcánica: nada es más fácil de asediar que una ciudad construida en un valle, rodeada de montañas. Solo es cuestión de plantar los tanques, y disparar. Y esperar que se les acabe la comida. Los ríos, como los puentes, unen y separan, por esto cuando hay guerras son lo primero que salta a pedazos. O te asesinan cuando los cruzas, un francotirador escondido en cualquier edificio, jugando a ser Dios. Desquiciado.

Sarajevo no es como la Bosnia rural, como estas ciudades medievales donde la gente ha seguido odiando a los vecinos durante siglos, donde las disputas por los huertos y los muertos de la familia son ley. Sarajevo es una ciudad europea, con hoteles y coches, museos y teatros, cines y librerías e intelectuales. Se hicieron unos Juegos Olímpicos y tiene una de las bibliotecas más importantes de Europa. La tenía, hasta que la quemaron en un bombardeo. Un poeta local explica que el cielo se volvió negro de ceniza. En la misma calle puedes encontrar una mezquita, una sinagoga y una iglesia ortodoxa. Magníficas.

Sarajevo podría ser Barcelona.

¿Sois de Barcelona? Barcelona nos ayudó. Nos lo explica el camarero de los Walter Wolf, entre Marlboro y Marlboro, y qué le tienes que decir, ¿que el tabaco mata? Barcelona nos ayudó, repite, como nos lo tiene que decir aún mucha gente estos días que me empeño en pasar en Sarajevo aunque mis compañeros quieren volver al Adriático, a las playas, lejos de las casas rasgadas y de las calles que nunca han dejado del todo de ser trincheras. Me podría quedar a vivir, en Sarajevo, durante unos días  tengo esta única certeza: tengo que vivir en Sarajevo aunque solo sea una temporada. En la ciudad que durante toda una guerra fue el distrito undécimo de mi ciudad. Barcelona nos ayudó, nos ha dado dinero para reconstruir la Villa Olímpica y nos llamaron aquella Nochevieja que pasamos asediados. Sonaban los teléfonos y era alguien que decía: Soy de Barcelona, estoy contigo, feliz año nuevo.

Y es por esto, porque Barcelona nos ayudó, continua, que queríamos ir al partido de fútbol entre la selección bosnia y la selección española. No pude ir porque trabajaba, dice, aunque – nos explica – lo que él quiere es ser periodista, y por esto estudia, o estudiará, en la universidad. Pero tiene que comer, y sobretodo tiene que fumar, y por esto hace de camarero. Si hubiéramos ido al partido, continua, habríamos hecho una pancarta, muy grande, donde habríamos escrito: “Eta, please, kill Raúl”. ¿Y por qué? Porque Raúl es del Real Madrid, los del Madrid son los enemigos del Barça, y nosotros estamos con Barcelona. Por esto, Eta, please, kill Raúl. Esto no está bien, le decimos, entre espantados y divertidos. Nosotros estamos en contra. Claro, nos responde. Porque vosotros no sois vascos. ¿Qué tienen que ver los vascos? Estamos en contra porque, en una democracia, no se pueden resolver las cosas con violencia.

En una democracia, dice. Esto no es ninguna democracia. Esto son los balcanes.

Nacionalismo

Hay que volver a leer a Bertolt Brecht. No solo el poema que todos tenemos (o deberíamos tener) en la cabeza. También este cuento que me pasa M.

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El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:

-En cualquier parte puedo morirme de hambre.

Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto que deseaba que un terremoto lo borrase de las superficie de la tierra.

“¿Por qué razón -se preguntó el señor K.- me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista”.

Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella.

El silencio de la gente buena

Pasé el domingo conectada a través de las redes, de Whatsapp, con familia y amigos en Catalunya.

Familia y amigos que hicieron colas de horas en colegios electorales para reivindicar su derecho a decidir (no necesariamente que sí), acongojados por las imágenes que les llegaban de otras personas que hacían lo mismo que ellos: personas mayores, familias con niños, chavales jóvenes… personas desarmadas y pacíficas que sufrieron  la brutalidad, desproporción y falta de justificación de una violencia salvaje. Gente con los brazos alzados aporreados, gente lanzada por escaleras, arrastrada por los pelos, abuelas con la cabeza abierta. Disparos contra gente desarmada. Balas de goma (munición prohibida en Catalunya: curioso que usen algo ilegal para defender, dicen, la legalidad). Ojos saltados.

844 heridos.

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Una violencia que ha denunciado la ONU, la UE, Amnistía Internacional y toda la prensa extranjera (ninguno de ellos sospechosos de ser siquiera simpatizantes con el independentismo) y de hecho, hasta un diario tan poco pro-independencia como el País publicó que si dejaron de dar palos a mediodía fue por la repercusión que a nivel mundial tuvieron estas imágenes.

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Pero en muchos sitios de España, qué curioso, no las han visto.

Me llama la atención el silencio (o incluso la justificación) de muchas personas influyentes en España. Que sean apenas algunas voces, como la del tuitero Gerardo Tecé, la activista Alicia Murillo, o este texto de Coque Malla. 

Leía estos días el último libro de Almudena Grandes, sobre el fin de la esperanza (la esperanza de que la comunidad internacional interviniera en España contra el franquismo) y me siento muy próxima a esta idea. Y me duele que también sea su voz una de las que echo de menos.

Pero me duele todavía más que gente de mi entorno, cercana, a la que considero inteligente y buena, esté callada. Algunos hacen algún comentario tímido, otros relativizan o cuestionan, algunos me escriben en privado pero callan en público y a otros muchos, simplemente les interesan más otras cosas.

Parafraseando el artículo que he colgado más arriba de Coque Malla, ¿de verdad no os preocupan determinadas imágenes que se han visto estos días? ¿de verdad, más allá del problema catalán y de lo que penséis de él, no queréis que a esos policías y a los que les defienden se les pida explicaciones? Porque igual el día de mañana os ocurre a vosotros…

 

Otra vez el silencio de la gente buena.

 

 

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