familia monoparental y adopción

Palabras

¿Madre soltera, madre sola, monoparental? Es una discusión semántica que se repite de tiempo en tiempo. Esta es mi conclusión al respecto: (aunque mis circunstancias son radicalmente distintas). 

Busco en el diccionario el término monoparental. El de la RAE da la siguiente definición:

1. adj. Dicho de una familia: Que está formada solo por el padre o la madre y los hijos.

Una definición clara y concisa de la situación de familias como la mía.

Sin embargo, en los colectivos de monoparentales hay muchas discusiones respecto a los términos a utilizar.

Tradicionalmente, siempre se ha hablado de “madres solteras”. Pero hoy en día, la mayoría de los hijos nacen de madres solteras… que no se han casado con sus parejas, aunque convivan con ellos, así que el término se presta a equivocos. Además, a mí personalmente me resultan molestas las alusiones a estados civiles en las etiquetas. ¿Es realmente importante si somos solteras, casadas, divorciadas o viudas? ¿No remite a esas épocas donde los hombres preguntaban a las mujeres “¿Señora o señorita?” (para añadir a continuación “porque usted quiere” si la respuesta era lo segundo).

¿Y “madre sola”? A mí me gusta, madre sola, pero hay gente que prefiere no usar esa palabra, porque, dicen, en realidad no estamos solas, tenemos a la familia, los amigos, los vecinos, etc. Pero quien se levanta a las 3 de la mañana y corre a Urgencias con el niño que arde de fiebre (o con el niño que arde de fiebre… ¡¡y el hermano!!) somos nosotras. Quienes tomamos las decisiones, quienes aguantamos los malos ratos, quien organiza la logística cuando queremos librar de hijos… Frente a la maternidad estamos solas.

“Monoparental” también me gusta, pero no me gusta la confusión que suele ofrecer la dicotomía entre “familia monoparental” y “hogar monoparental”… que al parecer, engloba a todos los separados, aunque tengan una excelente relación con los hijos, compartan en mayor o menor medida la custodia de estos y sufraguen a medias los gastos – y las logísticas.

Algunas veces he oído la palabra “monomarental”. No sé quién se la inventó, pero no me termina de gustar… la idea es que “monoparental” se refiere a los padres y que las madres quedamos excluídas… no hay que saber mucha etimología para saber que parentalidad no es lo mismo que paternidad, que en muchos idiomas se utiliza “parent” para referirse precisamente al padre o a la madre de forma indistinta… y que parental tiene la misma raíz que parir… Aunque nos defina también a las familias que no hemos parido nuestros hijos.

La antropóloga Maribel Jociles, una de las personas que más saben en España de monoparentalidad por elección, apunta otro argumento para descartar esta expresión: monomarental significaría literalmente “una sola madre”, y esto incluiría la inmensa mayoría de las familias, exceptuando únicamente las homoparentales (donde hay 2 madres o ninguna), y también, ¿por qué no? las familias adoptivas en que nuestros hijos reconocen que, aparte de nosotras, tienen otra madre, la biológica.

Encontré una definición que me gustó realmente cuando descubrí un foro de “madres solteras por elección”. Quizás fue la primera definición con la que me sentí identificada al 100%. A diferencia de otras muchas madres solteras, no lo soy por casualidad, no me quedé embarazada de penalty, no me dejaron colgada, no tuve un compañero que decidió no ejercer, que se largó, no me convertí en madre sola después de un mal divorcio. Yo elegí ser madre soltera. A conciencia.

Tiempo más tarde, encontré en un estudio un matiz que todavía se ajustaba más a cómo me siento: “Soltera por azar, madre por elección”. Porque elegí ser madre, claro que sí, hasta las últimas consecuencias, pero serlo sin pareja fue una circunstancia que no escogí (o sí: escogí no conformarme con la pareja que tenía, con cualquier pareja, al precio que fuera).

En el día a día, lo cierto es que las uso todas, según el contexto. Y la que más me gusta, todo hay que decirlo, es el título que me han otorgado mis hijos… “Mami”.

La palabra abandono es una de las palabras claves en el discurso sobre adopción. Hemos hablado muchas veces de ella en el blog, pero hay dos posts específicos sobre el asunto. En ellos se dicen cosas distintas, incluso opuestas en algunos sentidos, y a la vez, complementarias.

1.

Muchas familias adoptivas no usamos la palabra abandono cuando hablamos con (o de) nuestros hijos. La rehuimos, la evitamos, como si no usando esta palabra, desapareciera la realidad.

Me pregunto si, negándonos a usar la palabra abandono, no le damos en realidad más peso, no la sobredimensionamos. Si no pesa más lo que callamos que lo que decimos.

No digo que tengamos que decirles a nuestros hijos “a ti te abandonaron” (o sí, no lo sé), pero creo que a menudo la borramos de nuestro vocabulario, del vocabulario de la adopción, la sustituimos por otras, “dar en adopción”, “entregar”, “buscar otra familia”, “pérdida”, como si así la historia de nuestros hijos fuera a doler menos. Quizás deberíamos emplearla, quizás en otros contextos que no sean su propia historia, para que fueran aprendiendo a manejarla, como se hace con los cuchillos de plástico que se deja a los niños cuando aún son pequeños para usar cuchillos de verdad.

Porque luego salen de casa, y la primera palabra que les abofetea la cara, en las conversaciones ajenas, es “abandono”. ¿Cómo van a gestionarla si en casa no gastamos de esto?

Una conocida mía antropóloga me decía que las palabras que usamos, que elegimos usar, crean la realidad, y que llamándole abandono a esa ruptura con su primera familia, quizás estamos obligándole a sentir algo que no habría sentido si hubiéramos usado otra palabra… Estando de acuerdo con esto, yo creo que las palabras sirven también para reconocer la realidad, y no usar esta palabra puede hacer que no sean capaces de ver realmente su propia historia, y hacer los duelos necesarios por ella.

Porque aunque no en todos los casos haya habido un abandono en el sentido estricto, en todos ha habido una pérdida. Y reconocerla, legitimar el dolor y permitir llorarlo es la única manera de seguir hacia adelante.

2.

Discutimos un tiempo atrás sobre el uso de la palabra abandono en las familias adoptivas. Un artículo que acaba de publicar Beatriz San Roman, llamado “De los hijos del corazón a los niños abandonados: la construcción de los orígenes en la adopción en España”, da una nueva perspectiva al uso (y quizás abuso) de este concepto en los discursos de adopción.

En este artículo, San Roman analiza “cómo se ha construido la noción de “los orígenes” en la adopción en España, desde el silenciamiento hasta la penetración de un discurso que considera al “abandono” como insoslayable en la trayectoria vital de toda persona adoptada y cuáles han sido sus implicaciones”. He aquí un extracto:

Los integrantes de la Junta Directiva de esta asociación [La voz de los Adoptados] asumieron desde el inicio el discurso del “abandono” en las conferencias que impartían. En octubre de 2009, al coincidir en Gijón con su presidente y vicepresidenta en las jornadas La atención de la infancia en tiempos de crisis, cuando les pregunté de qué trataría su ponencia, la respuesta fue rotunda: “De abandono, abandono y abandono”. También las asociaciones de familias adoptivas fueron incorporando el “discurso del abandono”, junto a la reivindicación de su papel de “familias terapéuticas” y de la necesidad de servicios profesionalizados de apoyo postadoptivo.

No obstante, no siempre quienes fueron adoptados/as se perciben –o construyen– como “abandonados”. En Facebook, donde existe una intensa interacción entre personas adoptadas –muchas de las cuales están en proceso de búsqueda de sus “orígenes”–, se produjo un cierto debate sobre la cuestión. Mientras algunas veían el abandono como un hecho insoslayable de su biografía, otras señalaban que lo que sentían era más bien una acuciante curiosidad por tener información sobre su familia de nacimiento.

En España, la difusión del “discurso del abandono” coincidió en el tiempo con el “descubrimiento” de que buena parte de los niños y niñas procedentes de la adopción transnacional no eran huérfanos, como se había creído. La versión española del artículo de E. Graff (2009) “Hijos de la mentira” causó una gran conmoción en los foros de Internet sobre adopción. Frente a la idea ampliamente extendida de que existía una “crisis mundial de huérfanos” en los países pobres para los que la adopción era la última oportunidad de vivir en familia, su autora ponía sobre la mesa no solo la existencia de madres (y padres) de nacimiento, sino también el hecho de que muchas de ellas se habían visto –o habían sido– obligadas a renunciar a sus hijos.

La idea de que “todo niño adoptado es un niño abandonado” que arrastra la “herida del abandono” ha ido ganando espacio hasta casi convertirse en hegemónica –en el sentido gramsciano del término–.

Frente al silencio sobre lo ocurrido antes de la adopción que caracterizaba los relatos de las familias adoptivas hasta hace poco tiempo, la noción de “abandono” supone, cuando menos, el reconocimiento de la etapa preadoptiva en las trayectorias vitales de las personas adoptadas. Los relatos de vida y entrevistas a personas adultas que fueron adoptadas en su infancia confirman que el modo en que “los orígenes” han sido tratados (o soslayados) en los relatos familiares suele ser fuente de inquietud y malestar. De una parte, la escasa o nula información sobre las razones que llevaron a la separación de la familia de nacimiento es, con frecuencia, vivida con angustia; de otra, muchas personas adoptadas afirman haber sentido una fuerte presión de su entorno familiar y social que les demandaba un sentimiento de agradecimiento hacia sus familias adoptivas y la obligación de compensarlas por “todo lo que han hecho por ti”.

En este sentido, el “discurso del abandono” resulta liberador tanto para las personas adoptadas como para sus familias adoptivas. Para las primeras, porque las recoloca –o construye– como víctimas indefensas –por tanto, pasivas– que arrastran de por vida unas heridas emocionales de las que ni ellas ni sus familias adoptivas son responsables. Para las segundas, porque les permite enfrentarse a las preguntas y dudas sobre la adopción y/o a los posibles problemas de sus hijos e hijas como a algo de cuya génesis son totalmente ajenos –en tanto que consecuencia inevitable de “sus orígenes”– y ante los que pueden asumir el papel de rescatadoras o “familias terapéuticas”.

El lugar en el que este discurso coloca a las familias de nacimiento es, en cambio, muy distinto. El uso de un verbo transitivo en su forma pasiva (“el niño adoptado es un niño abandonado”), remite de inmediato a la existencia de un sujeto abandonador. Los progenitores, en particular las madres –que tradicionalmente han permanecido “silentes, invisibilizadas y desconocidas” tanto en la adopción nacional como en la transnacional–, cobran así protagonismo como “perpetradoras del abandono” y, por ello, causantes de los problemas adaptativos y emocionales – “manifestaciones de las secuelas emocionales del abandono” de las personas adoptadas. De este modo, se naturaliza una concepción patriarcal de la maternidad, según la cual el embarazo (incluso cuando no hubiera sido deseado ni se hubiera dispuesto de métodos de planificación familiar para evitarlo) implica la obligatoriedad para la mujer de cuidar y amar a la criatura que dará a luz. El uso generalizado del término “abandono” engloba, como un acto de desamparo consciente y voluntario, una variada casuística en la que las mujeres son muchas veces objeto de una violencia simbólica, que las lleva primero a parir con independencia de la existencia o no de un proyecto de maternidad, y después a separarse de sus hijos o hijas.

Sin entrar a analizar la diversidad de razones por los que un niño o una niña son dados en adopción, la renuncia a un hijo o una hija podría ser también una forma de proveerles de los cuidados que necesitan y que, por las razones que fuere, la familia de nacimiento no está en disposición de proporcionar. En el caso de la adopción transnacional, hoy se sabe que, con frecuencia, las familias de origen se ven empujadas o forzadas a entregar a sus descendientes en razón de su pobreza. Al declarar a estos últimos abandonados, “el acto de quitar y exportar a los hijos e hijas de los pobres se logra normalizar como algo moralmente apropiado y beneficioso”.

La construcción de “los orígenes” como “abandono” –y la asunción de que este causa un impacto psicológico cuyas consecuencias perduran mucho después de la adopción–, desde mi punto de vista, se inscribe en lo que se ha denominado la “tendencia cerebro-céntrica” que invade la psicología y la cultura popular. La idea de que la separación de la madre tras el nacimiento conlleva una serie de secuelas (que se suponen grabadas en los circuitos cerebrales) elude el papel crucial de las prácticas discursivas en la conformación de subjetividades –y en la (re)producción de estructuras de poder y opresión–, al tiempo que reduce los malestares y problemas emocionales de las personas a simples desequilibrios neuroquímicos o defectos en los circuitos cerebrales.

Desde otra perspectiva, sugiero que, para las personas adoptadas, asumirse como víctimas del abandono puede inducirlas a desresponsabilizarse de aquellos aspectos de sí mismas que desearían fueran de otro modo, diluyendo su capacidad de agencia. Así se trasluce tanto en los discursos de los miembros más activos de la asociación La Voz de los Adoptados como en dos de las entrevistas a personas adoptadas, que mencionaron espontáneamente el abandono como una clave no ya de su historia, sino de su manera de ser o de sus dificultades en las relaciones interpersonales.

La antropología ha demostrado desde sus inicios, a través de la descripción y análisis de otras culturas, que el parentesco en tanto que reconocimiento social de una relación biogenética es una construcción cultural –no natural–y, por tanto, contingente.

Si en lugar de definir a las personas adoptadas como “víctimas” y de hablar de su experiencia como “abandono”, se hablara de “separación” (de sus primeras familias), tal vez se podría facilitar la reconciliación con “los orígenes”, no solo por parte de las personas adoptadas, sino también de (y con) las madres –y padres– de nacimiento, a cuyo silenciamiento y estigmatización sigue contribuyendo el “nuevo” discurso de la adopción en España. “Separación”, en tanto término neutro que describe un hecho –también– neutro, permitiría a las personas adoptadas incorporarlo como tal, es decir, como un hecho, en su relato autobiográfico y gestionar los posibles malestares derivados del mismo sin el dolor del rechazo (“¿por qué me abandonaron?”) ni el determinismo que le atribuye capacidad para incidir en sus circuitos cerebrales.

El último párrafo me parece muy revelador. Yo no voy a dejar de usar la palabra abandono cuando sea conveniente, pero sí es cierto que en muchos casos voy a preferir “separación”, que me parece que no tiene las mismas connotaciones negativas.

Creo que hay algunos casos en las que la palabra abandono es ineludible: un niño abandonado en un portal, en un contenedor de basura, en una calle… Es un niño que ha sido abandonado. Y no todos los niños son abandonados con la intención de que sean encontrados y cuidados… un niño abandonado en una bolsa de basura, dentro de un container; un niño de horas dejado al aire libre en una estación fría, en un sitio que no es de paso; un niño del que hay pruebas que lo han intentado matar; un niño que se ha retirado de la custodia de sus padres porque le maltrataban… no son la mayoría, pero estos casos existen, y sí, son muy duros de digerir, pero es su historia, y tienen derecho a ella.

Pero, ¿lo es un niño de renuncia hospitalaria, por ejemplo? ¿Hay casos en los que la decisión de entregar en adopción puede ser una forma de proveer unos cuidados que la familia biológica no sabe o no puede dar? ¿Es un abandono cuando alguien -abuelos, novio, autoridades- ha forzado esta separación?

Hay casos en los que no hay voluntad de separación por parte de la madre. Hablo, por ejemplo, de madres jóvenes y solteras en países donde no es bien visto que se tengan hijos fuera del matrimonio, y que aunque quieran “conservar” a su hijo, pueden encontrarse con unos padres, un hermano, un novio… que decide por ellos. Incluso aunque teóricamente tomen la decisión, pueden tomarla presionadas por su entorno… Lo cuál no quita que los hijos de estas mujeres puedan sentirse igual de abandonados que si ellas hubieran tenido intención de separarse…

Es importante no perder de vista que NO SABEMOS qué pasó; quién le dejó (asumimos que es la madre, pero, ¿y si alguien le aseguró que se ocupaba, que le dejaría a salvo, y luego no lo hizo?), y creo que esto también es importante transmitírselo.

Es posible que ambas cosas duelan igual: una separación también es dolorosa. Usar “separación” en vez de “abandono” no es un intento de evitar el dolor (que es inevitable), es un intento de explicar la historia desde otro punto de vista… donde no sean siempre los “abandonadores” los culpables… es poner en otra posición a los actores que participan en la historia. Una separación de pareja no deja ser dura, incluso cuando una misma ha tomado la decisión y le alivia perder de vista la otra persona… pero hay una diferencia importante entre “me he separado” y “mi marido me ha abandonado”, entre ser una persona separada o abandonada…

Para mí no se trata de volver a convertir en tabú la palabra abandono: nosotros la usamos, y creo que tiene que estar ahí porque lo que no se nombra puede pesar mucho más que lo que se nombra, por negativo que esto parezca; pero me parece interesante el añadir esta otra palabra, separación, al abandono y la pérdida. Sobretodo para determinados casos de adopción… Aunque sin perder de vista que una separación puede ser (y es en muchos casos, no solo de adopción), una pérdida y algo que produce dolor…

Yo entiendo las dos posturas: entiendo lo que expone Beatriz San Román, pero entiendo también lo que exponen desde La Voz de los Adoptados… y quiero pensar, de hecho, que no son posiciones incompatibles… que se puede hablar de abandono y matizar, de pérdidas y matizar, de separación, y matizar… que todas estas palabras, todos estos conceptos, pueden y deben tener cabida en nuestros discursos. Y que en cualquier caso, no tenemos que negar jamás las emociones de nuestros hijos; ni si se sienten abandonados incluso aunque nosotros pensemos que no lo fueron, ni que se sientan a gusto con sus historias aunque nosotros creamos que deberían sentirse abandonados.

Creo que es importante reconocer las emociones y validarlas, sean cuáles sean. Pero creo que lo que dice el artículo no es esto; habla de cuando, con nuestro discurso unidireccional, inducimos unas emociones concretas… Cuando no dejamos espacio para que nuestros hijos se sientan de una manera distinta a la “oficial”. Durante años, se les ha dicho a los adoptados que tenían que ser felices, y agradecidos, que tenían que sentirse afortunados… no se les permitía sentirse abandonados, rabiosos, rencorosos, tristes, rotos… ahora, parece que sucede lo contrario, y si un adoptado no siente todo esto “está negando la realidad”… tan malo es un extremo como el otro.

Me gustó mucho una frase de la psicóloga Maryorie Dantagnam, una de las responsables de Exil, sobre cómo enfocar el resto de nuestras vidas, aplicable a los adoptados y a casi todo el mundo: “Esto es lo que hay, vamos a ver lo más inteligente que podemos hacer con ello”.

Sólo esto, lo que esta frase implica (la usemos o no) nos permite pasar de víctima a superviviente.

Todos tenemos o podemos tener vivencias duras, que nos marquen, que nos determinen; pero lo que cuenta es lo que podemos hacer con ello, con lo que somos (a raíz de estas vivencias, y de otras muchas cosas). Pero también pienso que para poder llegar ahí, hay que haber elaborado nuestra propia historia. Y para esto, las palabras, poder construir nuestro propio relato, es fundamental. Y hay que darles todas las herramientas, y esto incluye todas las palabras: también la palabra “abandono” (y también, claro que sí, “separación”).

¿Adopción o reproducción asistida (o reproducción natural)? Es la pregunta que nos asalta a las mujeres que decidimos ser madres solas. Y parecer que, hagamos lo que hagamos, habrá alguien que nos critique…

Cuando empecé a contar a la gente mi intención de convertirme en madre sola – y de hacerlo a través de la adopción – no recibí ningún comentario negativo respecto al modelo de familia, pero sí oí muchas veces la pregunta “Y por qué no te inseminas?”

La verdad es que tengo mis razones, y se las expuse, por ejemplo, a la psicóloga que me dio el CI, el certificado de idoneidad, el papel que me declara capacitada para realizar una adopción desde España. Pero quitando esa ocasión, lo cierto es que la pregunta me parece impertinente. Quiero decir que alguien toma una decisión como tener a sus hijos por adopción después de darle muchas vueltas al asunto, ¿no? y es obvio que cuando lo decidí – y cuando lo conté – yo ya había decidido no optar por la inseminación – o por otras técnicas de reproducción asistida.

Las madres solteras por elección que escogen la reproducción asistida se quejan de lo contrario: a ellas les preguntan por qué no adoptaron, y suelen afirmar que perciben cierta censura en el comentario – es decir, que no son lo suficientemente generosas para ahijarse a un hijo que no es suyo, que son egoístas. Seguramente, tras esta censura hay también un prejuicio contra lo sexual, aunque en las técnicas de reproducción asistida no intervenga – creo, vaya – nada que tenga mucho que ver con el placer.

Pero, ¿por qué es más egoísta decidir parir un hijo que adoptarlo? Alguna vez he leído que cuando adoptas, le das una familia a un niño que no la tiene, y esto es visto como algo positivo, incluso si se le da una familia “imperfecta” como la monoparental; en cambio, a través de la reproducción asistida, creas ex profeso a un niño que no tendrá padre.

Dejando al margen la consideración de si las monoparentales somos familias de segunda o de si crecer sin padre es algo malo en si – da para mucho y espero escribir otros posts al respecto – yo lo veo justamente al contrario. Es decir, si concibes un hijo con tu óvulo y semen de un donante, creas a un niño que no podría existir de ninguna otra manera, porque lo dotas de una combinación genética que no podría existir si no se diera justamente esta combinación de óvulo y espermatozoide. En cambio, cuando adoptas a un niño que ya existe, sí le quitas la posibilidad de ir a parar a una familia con padre y madre – o de dos padres, o de dos madres, que supongo que también se considerará mejor que una familia monoparental. Recordemos que hay 6 solicitudes de adopción por cada niño sano, pequeño y adoptable que hay en el mundo…

En todo caso, yo no adopté por generosidad. Adopté por egoísmo. Adopté porque pensé que mi vida sería mejor con un niño – y luego otro – a mi lado. Adopté porque quería ver crecer a un par de criaturas, y ayudarles en lo posible a hacerlo. Adopté porque pensé que sería más feliz con niños a mi alrededor que sin ellos. Adopté porque no me imaginaba la vida sin hijos. Adopté porque tenía unas ganas locas – y cierta urgencia – en ser madre.

8 años ha hecho del día en el que conocí a B. y me convertí, inexorablemente, en madre.

Cuando era pequeña y pensaba el año 2000 (yo tendría 28 años), me imaginaba casada, trabajando, viviendo en un piso del barrio de Gracia y con dos hijos pequeños.

Quería hijos desde aquel verano en que llegué a Menorca, y conocí a A., un niño de 4 meses, hijo de una amiga de mi madre que fue, curiosamente, la primera madre soltera que conocí (el padre era un amigo con el que no convivió nunca, y en aquella época fue un escandalazo: sus padres llegaron a negarle la entrada en su casa).

Pero yo no me imaginaba como madre soltera: me imaginaba una familia convencional, con pareja (con marido) e hijos. Y quería ser madre joven, quizás porque fui hija de padres jóvenes…

Me emparejé joven, me fui a vivir joven con mi novio… y me separé joven. Justo en la época en la que empezábamos a buscar un hijo en común. Fue entonces cuando me di cuenta de que me horrorizaba que aquel chico se convirtiera en el padre de mis hijos.

Tenía 26 años.

A pesar de que la decisión la tomé yo, fue dura. Y reconstruir mi vida, más todavía. Me di cuenta de todo a lo que había renunciado por él: había hecho míos sus amigos (o las novias de sus amigos), sus planes de vida, sus costumbres, sus bares de copas, hasta su familia. Así que me sentí como si empezara de cero. No fue fácil, pero fue muy enriquecedor, muy gratificante.

Llegó el año 2000 y yo no tenía marido, ni hijos, ni piso en propiedad… eso sí, vivía en Gracia. Y trabajaba en algo que me encantaba.

Y cuando llegué a los 30, me di cuenta de que mi vida me gustaba. Mi trabajo, mis libros, mis amigos, mi barrio, mis viajes. Y que empezaba a apetecerme tener un hijo. “Igual es un arrebato – me dije – esperate un año”.

Y un año más tarde, lo tenía más claro todavía.

Mi primera opción fue la reproducción asistida. Quizás porque había vivido la experiencia de adopción, muy dura, de unos amigos; quizás porque siempre había esperado que mis hijos crecieran en mi vientre.

Llegué a visitar varias veces una clínica de reproducción asistida, y no me gustó lo que vi. El dinero que se iba en cada visita. La disponibilidad que se me exigía – estar a horas fijas en días concretos, ¿cómo me organizo en el trabajo para hacerlo? El paternalismo del médico. La incertidumbre del resultado.

Yo no necesitaba que mis hijos llevaran mis genes, me dije. Y aún así, lloré por la pérdida de ese bebé que no crecería en mi vientre. Tres cosas me parecieron dolorosas: no poder acunarlo siendo un bebé, no llevar ropa de embarazada y no escoger su nombre.

Y un día de principios de 2004, entregué la solicitud de adopción. 3 meses más tarde me llamaron para hacer los cursos. Era un viernes, día de St. Jordi, fiesta grande en Catalunya. Tú, que te convertirías en mi hijo mayor, habías nacido menos de una semana atrás, el domingo anterior, aunque lógicamente, esto no lo sabía.

En la adopción fue todo rodado. Tardé unos días en escoger país, pero cuando lo escogí supe que no podía ser otro. En la obtención del CI no me sentí nada cuestionada, sinó acompañada. Y lo que se me hizo más duro fue la espera, que visto desde ahora no fue tan larga… 2 años y medio desde el inicio de todo, pero que entonces se me hizo eterna.

Un día de julio me llamaron para comunicarme que me habían asignado un niño de 2 años, guapísimo, tremendísimo, y que lloraba en todas las fotos como una magdalena. 6 días más tarde, me fui a buscarte, acompañada del abuelo, mientras dejaba al resto de la familia organizándolo todo: montando la habitación, comprando ropa… por superstición, no había adelantado nada.

Al día siguiente de llegar a Addis, te conocí. Hacía 4 días que un juez te había convertido en mi hijo mayor.

Tenía claro desde el principio que quería más de un hijo; al menos dos. De hecho mi pretensión era adoptar a 2 niños de golpe, pero cuando hice el CI, me dijeron que ni hablar… lo agradecí cuando te conocí y me di cuenta de que necesitabas toda la atención que pudiera darte, y más.

1 año y medio después de tu llegada, presenté la segunda solicitud, para el mismo país. La espera había aumentado, pero no me importaba. Pensé que cuando llegara tu hermano, tu tendrías unos 7 años y yo podría optar a un niño algo mayor, de 3 o 4.

Pero cerraron la posibilidad a las monoparentales de adoptar en ese país y tuve que buscar otro… no había ni de lejos tantas opciones como 3 años antes, y al final me decidí por otro país africano. Un lugar al que podía ir a buscar inmediatamente un niño, y aunque yo habría preferido esperar, después del cierre de un país, no quería arriesgarme a otro… y me fui. Me fui detrás de una pareja amiga que me dijeron que, en el orfanato de su hijo, había un niño de 18 meses listo para ser adoptado. Y así fue como nuestra pequeña familia se convirtió en menos pequeña, cuando otro juez decretó que tú te convirtieras en mi segundo hijo.

Poco tiempo después de publicar la anterior entrada, me topé con este texto, escrito por una adoptada adulta, que también hablaba de cambiar los nombres. Seguro que no todos los adoptados piensan lo mismo respecto a su nombre, su nombre de origen, el que les han dado los padres adoptivos (aunque curiosamente he conocido a varios que utilizan el nombre de nacimiento por encima del de adopción, aún habiéndolo descubierto ya mayores), pero sus reflexiones me parece que merecen ser escuchadas. Originalmente se llamaba “Renombrar como borrador cultural”, pero el post lo titulé en función del anterior escrito sobre el tema.

Gracias a Dios que mis padres tuvieron la cabeza en su sitio y no decidieron cambiar mi nombre por otro como “Pax” o “Zahara” o “Maddox” cuando me adoptaron, porque si lo hubieran hecho, estoy segura de que hoy en día no nos hablaríamos.

No voy a dar rodeos elocuentes: creo sinceramente que es una lástima que se vea como algo normal o natural que se cambien los nombres de los niños cuando son adoptados.

No les guardo rencor a mis padres por haber tomado esa decisión. Lo que quiero decir es que siento necesario defender profundamente la importancia y el peso cultural de los nombres originales de los niños dados en adopción.

Gracias a la recientemente ampliada familia Bennetton de Angelina Jolie, en la actualidad hay un debate abierto y lleno de cinismo sobre lo vergonzoso que es cambiarle el nombre a un niño que tiene ya 3 años de vida…

…mientras que el nombre de un bebé, por el contrario, parece algo insignificante debido al mito de que los bebés llegan a las familias adoptivas como un lienzo en blanco.

¡Eso es absurdo!

Los niños no son ponis ni muñecas de feria. Ningún nombre de ningún niño es un nombre desechable, da igual quién se lo pusiera.

Los niños adoptados con nombres puestos por sus padres biológicos se merecen poder conservar esa pieza de su patrimonio vital, ya que es una de las pocas partes de su vida pre-adoptiva que pueden reclamar como propia, real, auténtica y verdadera.

Los adoptados como yo, cuyos nombres les fueron adjudicados por trabajadores sociales, enfermeras o personal del orfanato donde vivieron, pueden darse cuenta de que aunque esos nombres no son parte de la historia de su nacimiento ni representan lazos sanguíneos con sus familias biológicas, sí que representan una parte esencial de sus historias legítimas.

Por supuesto que puede haber adoptados que no estén de acuerdo, que tengan sentimientos ambivalentes o se sientan menos vinculados a sus identidades pre-adoptivas, tal y como yo me he sentido también en otras etapas de mi vida. Pero para mí, hoy, Ji In, aunque no sea el nombre que me dieron mis padres biológicos, es la parte más real de mi patrimonio cultural coreano que puedo aspirar a poseer.

Ese nombre me recuerda que soy quien soy hoy en día como consecuencia de las decisiones que otros han tomado por mí. Representa las injusticias sufridas por mi madre coreana y muchas, muchas otras como ella -a quien quitaron la libertad y la oportunidad de darme un nombre que me conectara con ella y con mis hermanas. El hecho de que mi nombre coreano sea tan diferente del de mis tres hermanas coreanas, cuyos nombres encajan juntos igual que una armonía en un coro, es una cicatriz que llevo en mis carnes con un profundo sentimiento de pérdida. Nuestros nombres no se corresponden, pero sabemos porqué.

Despreciar mi nombre coreano diciendo que es menos importante que un nombre de nacimiento o menos significativo que el nombre que me dieron mis padres adoptivos, sería lo mismo que admitir que es aceptable borrar una parte de la vida de una persona adoptada o de la mía misma.

Y eso es verdadera y genuinamente algo A-B-S-U-R-D-O.

Me tiene sin cuidado si el trabajador social que eligió mi nombre lo hizo consultando una carta astral, se estiró y lo arrancó del mismo cielo, se inspiró al ver los lunares que tengo en el hombro izquierdo, o cerró los ojos y puso su dedo sobre un nombre del listín telefónico. Alguien en Corea me dio ese nombre. Y lo perdí durante 30 años.

Mi nombre coreano es una parte muy real de lo que soy. Ya no lo rechazo ni lo oculto. Apreciaré toda la información que pueda conseguir sobre mi vida, porque una parte muy grande de ella ha sido borrada.

Recuerdo que una de las preguntas que más me sorprendieron cuando decidí adoptar fue “¿Y qué nombre le pondrás?”. Pocas cosas tenía claras, pero esta sí: mi hijo, mis hijos, ya tendrían nombre. Yo, que quise ser madre desde la más tierna adolescencia, que había hecho listas de nombres para ponerles, tendría que renunciar a nombrar a mis hijos.

Cuando me asignaron a B., descubrí que en ninguna de las listas que había hecho había un nombre tan hermoso, tan especial, tan suyo. Cuando conocí a A., me di cuenta también de que no podía llevar otro nombre. Era parte de su identidad, que, como dicen los esquimales, se compone de cuerpo, alma y nombre.

En muchas cosas he cambiado mis puntos de vista desde que adopté, pero sigo pensando que el nombre de los niños es parte de lo que son, a veces lo único que tienen. Y sigo compartiendo esta reflexión que escribió para el blog A., madre de dos niños nacidos en Marruecos, cuando era madre de solo uno de ellos:

Me gustaría empezar diciendo que la decisión de mantener o cambiar el nombre a un niño adoptado acaba siendo una decisión de los padres, que respeto todas las opciones y únicamente me gustaría reflexionar en voz alta sobre los motivos para hacer este cambio y que sirva también de reflexión a otras personas.

Se suelen argumentar varios motivos para el cambio de nombre: facilitar la integración del niño, que se sienta más de aquí, es pequeño, teníamos pensado ya un nombre para él, no se lo puso su madre así que no tiene ningún valor sentimental, etc…

En primer lugar ¿a qué edad se considera que un niño reconoce su nombre? Según la mayoría de libros sobre bebés, a partir de los 4 meses un bebe ya reconoce su nombre, se gira al oírlo y sonríe. Supongo que en casos de falta de estímulos será más tarde… también puede pasar que al no saber pronunciarlo nos parezca que no responde al nombre.

Por otro lado me gustaría saber qué es lo que entiende la gente por “integración” y dónde exactamente se facilita la integración del niño ¿en la sociedad, en el pueblo o barrio, en la familia? Teniendo en cuenta los nombres que se usan en España ¿qué nombre son de “aquí”? Teniendo en cuenta que casi todos los libros de adopción hablan de la importancia de mantener el nombre ¿no sería menos traumático irse a vivir a un barrio donde vivan “los otros”, los que tiene nombres distintos, los que son de otros colores?

En mi caso mi hijo mantiene su nombre, es un nombre de origen árabe que yo no sé pronunciar pero hago una aproximación. Tenía 4 meses cuando lo conocí y sí respondía a su nombre, aunque no cuando yo lo decía… No me planteé cambiárselo, aunque me lo propusieron los servicios sociales en el momento de la asignación, no me pareció ni bonito ni feo, no era malsonante ni tenía connotaciones negativas, no sabía su significado pero ahora que lo sé pues sé que tampoco su significado tiene ninguna connotación negativa, significa NEGRO que es un color, igual que Rosa, Violeta… No tenía ningún nombre pensado para mi hijo, al menos desde el momento en el que empecé el proceso de adopción. Ha empezado ahora la escuela y no ha tenido problemas de integración por su nombre, supongo que el resto de niños se habrá aprendido su nombre igual que él se ha aprendido el resto de nombres de la clase aunque no los había oído antes. Cuando nos ha parado algún desconocido por la calle, para hacer alguna de esas preguntas indiscretas que tanto nos molestan, no ha preguntado por su nombre…

Desde que tengo a mi hijo he conocido mucha gente nueva, en el parque he conocido un niño que se llama Mustafá, su madre es catalana pero viven en un pueblo en el norte de España. La cuestión es que pienso que si esta madre biológica ha decidido ponerle a su hijo este nombre, si su padre negro e inmigrante (que habrá sufrido racismo y demás) ha decidido ponerle este nombre, es porque han considerado que este nombre no le va a hacer ningún daño. Ellos no decidieron tener un hijo negro, se enamoraron de una persona de otro color y, como la mayoría, decidieron tener hijos con él y que se pareciera a la persona que amaban… nosotros sí decidimos tener un hijo de un color distinto, ¿por qué nos dan tanto miedo los nombres?

Creo que uno debería hacer una reflexión profunda sobre ello, ¿por qué nos da miedo mantener el nombre en los niños adoptados? ¿porque es nuestro y tenemos el derecho a “marcarlo” como la ropa que dejamos en la guardería? ¿porque nos da miedo que le confundan con uno de esos inmigrantes?… quizás os sorprenda pero hay niños y adultos negros con nombres bien españoles, nacidos en España incluso, y sufren racismo igual…

Tener un nombre distinto ya de por sí, independientemente de respetar la historia y los orígenes, que se pueden respetar de muchas formas, permite poder contar su historia y sus orígenes. Y en el caso en que los nombres no los han puesto los padres biológicos también es una forma de aceptar esta historia, a veces muy difícil de asumir.

Al final llegas a la conclusión que da igual donde vivas, tarde o temprano van a salir de su entorno protector y deberán tener recursos para afrontar el racismo. Da igual el nombre que tengan, van a seguir siendo negros, negros cogidos de la mano de padres blancos… hasta que dejen de ir cogidos de la mano.

Se puede cambiar un nombre y respetar la historia y los orígenes, y se puede mantener un nombre y no respetar nada.

Mirar y ser mirada

Este texto lo escribí hace tiempo, al poco de llegar A, cuando recordé cómo me sentía al ser mirada; tiempo después escribí este, reflexionando sobre cómo miramos nosotros. Hoy he decidido fundirlos en dos.

  1. Ser mirado

Una de las cosas que más me sorprendieron – y agobiaron – cuando llegó mi hijo mayor fue la cantidad de atención que empezamos a recibir, de golpe, por parte de desconocidos. Una mujer blanca con un niño negro debe resultar una rareza… así que nos empezaron a mirar. Con curiosidad, con simpatía la mayor parte de las veces, en alguna ocasión con desprecio o superioridad. Pero la cosa no se limitaba a las miradas. También empezaron las preguntas. ¿De dónde es? ¿Es tuyo o adoptado? ¿Su padre es negro? ¿Desde cuándo está contigo? ¿Cuánto te costó? Al principio, yo no quería que mi hijo percibiera que había nada malo ni en ser negro ni en ser adoptado, así que contestaba a cualquier pregunta hecha con educación. Pero pronto me di cuenta de que detrás de una pregunta, llegaba otra, que la curiosidad no se saciaba con nada, y que muchos querían saber cosas que pertenecían a nuestra intimidad. Así que empecé a desviar más la vista, a ser más seca, a desarrollar estrategias para quitarme a la gente de encima, incluso llegué a los malos modos en más de una ocasión. Aprendí a detectar en la mirada, en los gestos de los que se acercaban, quién iba a acribillarnos a preguntas incómodas, quién iba a hacer un comentario o un gesto de más. La estrategia funcionó, y poco a poco dejé de sentirme observada…

Hasta que llegó a casa mi hijo menor, blanco y bastante parecido a mí. Y entonces me di cuenta de que cuando andaba con él por la calle… me sorprendía que nadie nos mirara. Y entendí que mi hijo mayor y yo no habíamos dejado de llamar la atención: la única mirada que había cambiado era la mía.

  1. Mirar

Las personas a las que nos gustan los niños, miramos a menudo a los locos bajitos que se cruzan en nuestro camino. Cuando estaba esperando, se me iban los ojos de forma insistente tras cualquier criatura que se me cruzara… tanto más si tenía la piel oscura. Me recuerdo intentando no observar fijamente a las familias adoptivas, especialmente a las que tenían niños negros… mi timidez / discreción no me dejaba acercarme y preguntar, presentarme como madre adoptiva en ciernes.

Después, me he descubierto muchas veces mirando (intentando que no se note, no ser maleducada) a familias negras. Intento imaginar qué piensan ellos de nosotros… y también qué piensa B. de ellos, y de rebote, de nuestra familia. Si se pregunta cómo sería crecer en una familia donde todos se parecieran, si lo echa de menos; si en su interior me reprocha haberle arrancado este derecho. También miro a menudo a los adolescentes negros y magrebíes, tratando de discernir si B. y A. van a parecerse a ellos cuando crezcan. No sólo de aspecto: en sus comportamientos, en su estilo, en sus maneras de relacionarse.

Y mirando a los demás, he llegado a la conclusión que igual que hay maneras y maneras de decir las cosas, que a veces no se trata de lo que decimos sino del tono, el contexto, la intención… con el mirar pasa lo mismo. No es lo mismo mirar fijamente, con el ceño fruncido y la boca apretada, que mirar con una sonrisa cómplice.

Y cuando miro, si me devuelven la mirada, sonrío. Sonrío mucho. Y si me devuelven la sonrisa, muchas veces hablo. Soy de las que hablan con otra gente (si les veo receptivos) en tiendas, autobuses, salas de espera… algo que he descubierto que resulta más cómodo, por lo general, a los inmigrantes que a los españoles. Y quizás por esto – o porque les adivino otro tipo de intenciones; o por prejuicio – me doy cuenta de que las miradas, las sonrisas e incluso las preguntas de las personas de otras etnias me molestan menos que las que recibo de mis iguales.

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