familia monoparental y adopción

De comuniones y escuelas

Unos días atrás discutíamos en un foro integrado por familias transraciales sobre el asunto del árbol genealógico y otros trabajos del colegio que ponen en cuestión nuestras familias, distintas a la tradicional.

Una persona comentó lo difícil que le había resultado resolver un trabajo que le habían mandado a su criatura, en el que tenía que contar su vida “desde el nacimiento hasta la primera comunión”. La dificultad venía por la falta de datos de los primeros años de vida… pero a mí me llamó la atención que se considerara la primera comunión un hito ineludible en la vida de una persona.

Estamos hablando de un colegio público, en un país aconfesional como es España.

Al parecer, a nadie en el colegio le había llamado la atención, nadie había protestado… Igualmente, en el foro, rápidamente se dividió la gente en dos grupos: los que lo considerábamos un escándalo y los que lo consideraban una anécdota. ¿Prueba de que las Dos Españas de Machado siguen exigiendo?

Yo – y otros conmigo – teníamos claro que jamás habríamos permitido a nuestros hijos hacer un trabajo como este, que atenta contra los derechos constitucionales (la libertad de culto es uno de ellos). Y que al colegio le habría caído una buena denuncia…

Los otros pensaban que no tenía más importancia: que bastaba con hacer el trabajo “desde el nacimiento hasta el mes de mayo de tal año”.

Y no entendían que no tiene nada de anecdótico un trabajo que excluye a una parte de los niños, que toma la parte por el todo, que deja claro, implícitamente, que hay una manera correcta de funcionar: haciendo la comunión.

Y yo me pregunto:

¿Qué diferencia hay entre quitarle importancia a esto y quitársela al color carne o a que nuestros hijos les llamen negritos?

Perdido (y encontrado)

Esta semana, B. ha vuelto por primera vez solo de su extraescolar de futbol.

Lo primero que nos contó al llegar fue que se había perdido.

¿Y qué hiciste?

Entré en una tienda de chinos y pregunté por el Ayuntamiento. Me indicaron y cuando llegué al paseo ya supe llegar.

C. dice:

Yo también sabría orientarme si llegara al Ayuntamiento, o a la Iglesia… pero nunca me atrevería a preguntarle a un desconocido.

B. responde:

¿Por qué no? ¡No pasa nada! Hay que preguntarle a un señor un poco viejo y con buena pinta. Nunca a uno de 20 años, con gorra y que bebe red bull.

Ahí queda esto.

Cuatro años no son nada

Por la mañana había dejado de llover.

Los niños y yo hemos desayunado en la cocina, pan que hizo anoche N. con mantequilla o aceite (en el caso de P., con ambas cosas), leche y te.

Le han salido flores a la tomatera y al calabacín.

C. y B. se han peleado por una goma.

A. y P. han salido vestidos ambos de existencialistas franceses: pantalón negro, zapatos negro, jersey de cuello vuelto negro.

Dientes y cara y mano y peines y mochilas y mandarinas y prisas.

Leer Leer Lolita en Teheran en el tren con destino al trabajo. Se me acerca una chica para decirme: “Este libro es superbonito, ¿verdad?, pero yo traté de encontrar los libros de los que habla, me hice una lista, y no he encontrado casi ninguno, están todos descatalogados”. Le digo que sí, que hace que te apetezca releer Lolita y El Gran Gatsby y mirarlos con otros ojos.

Y me acuerdo de lo que me dijo E. hace años, “eres la clase de persona con la que los desconocidos hablan”.

Me arrebujo en el abrigo, cruzo el descampado, la carretera, paso la tarjeta por la puerta.

Saludo a mis compañeras, la correspondencia, el agua, la organización del día.

Enciendo el ordenador y me doy cuenta de que cuatro años no son nada.

Y son un universo en si mismos.

Feliz aniversario.

Rol paterno

Me reúno en el colegio con una orientadora que tiene que valorar a B. para ver si necesita apoyos académicos.

Es la segunda reunión. En la primera, estuvimos N. y yo, presentándonos como familia. En esta voy sola.

La mujer saca su cuestionario, me pide que le ayude a hacer un organigrama de la familia. Me pide datos como nombres, apellidos, edad, profesión, lugar de trabajo, horarios…

Me sorprende cuando veo que apunta los datos de N. en el epígrafe “padre”, sin modificar nada.

A criaturas de 10 años les chirría el salto de género, pero a la orientadora no.

Sigue preguntando. Pregunta por las redes, por la familia extensa.

- La madre de N. vive en el barrio.

Lo apunta: “abuela paterna en el barrio”.

Sigue preguntando por la adaptación de los niños, las relaciones entre ellos… los roles familiares…

- ¿Quién de las dos hace el rol de padre?

Me la quedo mirando, estupefacta.

- Nadie hace el rol de padre… las dos hacemos el rol de madre.

- Mmmmh… mejor pongo que los roles aún están por definir.

Le digo que sí, que ponga esto. Estoy convencida de que intentar explicarle cualquier otra cosa será un desperdicio de tiempo, energía y sentido común.

P.D.: para compensar, lo sensato que nos han parecido los papeles que hay que rellenar en el AMPA. En la primera línea pone: Madres/ Padres / Tutores legales. Y luego, dos casillas, y en cada una de ellas: nombre, apellidos, teléfono, D.N.I…. contempla todos los modelos de familia: tanto las formadas por padre y madre como las homoparentales, las monoparentales, o aquellas en las que los adultos no son los padres. Y además, ¡permite poner a los miembros de la familia en el orden que se decida!

Rosa

En los últimos tiempos he leído en varias ocasiones textos que narran las dificultades de niños o niñas que han decidido romper con los estereotipos de género. Niñas que quieren practicar deportes considerados masculinos o llevar el pelo corto, o niños, como es el caso del de este artículo, que han elegido como su color el rosa.

Como bien retrata este (y otros) artículo, para muchos niños es una lucha titánica enfrentarse con los estereotipos de género asociados a su sexo. Y a menudo, también los padres tienen que vencer muchas resistencias cuando sus hijas se niegan a ir con el pelo largo, o sus hijos les piden una Barbie… o se emocionan con el color rosa.

Pero, ¿cuándo empezó el rosa a ser el color omnipresente para las niñas?
Aunque cuando yo era pequeña ya existía esta división del rosa para niñas, azul para niños, sobretodo para bebés (no siempre ha sido así: durante siglos, el rosa ha sido un color asociado a los chicos), yo no recuerdo que ninguna de mis compañeras tuviera este color como favorito cuando yo era pequeña. Habría alguna, seguro, pero recuerdo que la mayoría adorábamos el rojo, otras preferían el amarillo, otras el violeta, y alguna, muy atrevida, ya reivindicaba el color rojo.

Ni el rosa ni este lila pálido que ahora adoran todas las niñas estaban entre los colores favoritos de mi infancia. Las habitaciones no eran rosas, ni lo eran, por aquel entonces, todos los juguetes destinados a niñas, aunque por supuesto, había juguetes destinados sólo al género femenino y costaba convencer a los abuelos de que para los Reyes querías un coche, un balón o un geiperman.

Tengo la sensación de que en casi todo hemos avanzado al pasar de los años, que aunque siguen siendo grandes, las diferencias entre hombres y mujeres van reduciéndose, de que hoy damos por sentadas montones de cosas por las que tuvimos que luchar con uñas y dientes… y sin embargo, quizás porque el consumismo se ha exacerbado, el mundo de las niñas y el de los niños están a cada vez mayor distancia estética.

Conozco familias que tienen una hija mayor y un hijo pequeño y se encuentran con que el hermano no puede heredar prácticamente nada de ropa o de juguetes… porque todo lo que tienen es “de niña”. Los patines, las bicis, las camisetas, las zapatillas de deporte, los chándals. Rosa, o lila, y a menudo adornado con dibujos cursis, corazones, florecitas, volantes, lentejuelas.

Aunque los padres quieran reutilizar estas prendas, la mayoría de los niños se resisten. ¿Cómo van a llevar algo “de niña”?

(B. tuvo a los 2 años como color favorito el lila. Me resultaba difícil encontrar prendas de este color que no fueran extremadamente femeninas, pero finalmente, en una tienda de segunda mano, encontré una camiseta de chico de color lila oscuro por muy poco dinero. Le iba un poco grande y pensé que la guardaría para el verano siguiente… al verano siguiente, con casi 4 años, me dijo que él no se ponía esto: “es de niña”. Afortunadamente, pudo aprovecharla A., que también ha tenido manías, pero algo más tarde).

¿Qué objetivo, qué finalidad tiene dividir el mundo en dos grupos cromáticos?

¿Es más absurdo que el mundo de las niñas carezca de colores que no sean el rosa o el lila o que a los niños les estén vetados estos colores?

(El padre de X., la mejor amiga de A., escribió hace un par de años una carta a familiares y amigos con instrucciones para regalos de Navidad. Había 4 puntos que reivindicaban: “¡Viva los colores!” – “Sí, ¡viva los colores!” – “Todos juntos gritemos con fuerza: ¡Viva todos los colores!” –“ (por si todavía no lo habéis pillado, BASTA DE COSAS SOLO ROSAS, GRACIAS)”.

¿Por qué es más fácil para una niña asumir juguetes, ropas, juegos… habitualmente asociados a los chicos? ¿Por qué nadie piensa que una niña con pantalones o que juegue al futbol es ridícula y un niño que pretende llevar vestido o pida una Barbie a los Reyes es estigmatizado – e igual les pasa a sus padres? ¿Es sólo porque lo masculino tiene más prestigio?

¿Qué postura tenemos que tener los padres respecto a la división cromática del mundo infantil? ¿Debemos intentar que nuestros hijos lleven colores “no reglamentarios” o solo aceptarlo cuando lo deciden ellos (o incluso advertirles de los riesgos de no ajustarse a los estándares?

Trata a un niño…

“Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”.

J. W. Goethe

Albert Einstein: El juego es la forma más elevada de la investigación.

Cuando escogí escuela infantil para B., una de las cosas que me hizo decidirme fue que, entre las muchas cosas que me “vendieron” (algunas chuminadas, como clases de inglés… para niños que no hablaban siquiera en su primer idioma, fichas o campamentos con noche fuera), me dijeron “y también dedicamos mucho tiempo al juego libre”. Sea en el aula, espaciosa y llena de juguetes, juegos, piezas, cuentos… o en el patio, inmenso, con casetas y toboganes, correpasillos y patinetes, y en los meses de calor, piscinas de plástico y mangueras.

El juego libro en tiempo escolar se va reduciendo a medida que los niños crecen. Ya en infantil es limitado, con la obsesión porque aprendan a leer a los 4 años (en el anterior colegio de mis hijos sacaron una de las dos horas de motricidad en infantil para dedicarla a lectoescritura), y en primaria, prácticamente inexistente.

Si a esto le añadimos que los niños tienen cantidades ingentes de deberes; que a muchos padres no les gustan los parques; que las agendas de muchos niños están a la altura de las de los ministros; que en muchos parques (por las razones anteriores) a menudo no hay niños de la misma edad; que una gran cantidad de niños son hijos únicos… ¿dónde queda el tiempo libre para el juego libre?

En los patios de los colegios.

Me ha sorprendido en más de una ocasión escuchar a padres quejarse del exceso de tiempo de recreo que tienen los niños (refiriéndose a las horas de comedor); de la falta de estructura de este tiempo; de que se deja a los niños a su aire; de que deberían organizarse actividades, ya sea en forma de extraescolares, o de forma más oficiosa…

…porque claro, en los patios, en el juego libre, sin normas, sin adultos que controlen los contenidos de lo que se hacen… nacen los conflictos.

Y digo yo, ¿cómo van a aprender a resolver los conflictos si no les ponemos en situación de vivirlos?

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