familia monoparental y adopción

Vértigo

Cuando empecé a escribir este blog, me miraba a menudo las estadísticas. Solía tener 60, 70 visitas por día, y me gustaba mirar si crecían, de que enlaces llegaban, o qué palabras había escrito la gente en google que le habían llevado hasta aquí.

Poco a poco, a medida que crecían los textos, crecían las estadísticas. Recuerdo el alegrón de la primera vez que superé las 1.000 visitas… Luego, y durante muchísimo tiempo, estuvieron estabilizadas más o menos en esa cifra: entre 800 y 1.200 al día, buena parte de ellas, imagino, de lectores fieles.

Y yo dejé de mirarlas a diario.

De vez en cuando, un día con muchos comentarios, o en el que la entrada me llegaba varias veces a través de las redes sociales, entraba a echar un vistazo, para llevarme la sorpresa de que, como imaginaba, las visitas estaban por encima de la media: en 1.700, 1.800… un día llegaron a más de 2.200.

Hasta hace dos días, este era el récord de visitas del blog.

Y entonces publiqué la anterior entrada… y las estadísticas se dispararon hasta el vértigo. Tuvimos 20.591 visitas antes de ayer, el día de la publicación; 144.110 ayer… y hoy, a esta hora, van 56.295.

El crecimiento es, parecer, exponencial. Y más allá del vértigo, debo decir que el hecho de que haya sido esta entrada, que apela a la empatía de los padres de niños sin dificultades hacia los niños que si las tienen –y hacia sus familias – la que haya hecho crecer las visitas del blog hasta el infinito, me parece muy gratificante. Me devuelve una imagen del mundo que me rodea mejor de lo que me imaginaba. También el hecho de que la mayoría de los comentarios manifiestan esta empatía y esta sensibilidad… De hecho, solamente he tenido que borrar 4, los 4 del mismo autor, porque contenían insultos que no aportaban nada.

Supongo que la mayoría de los que habéis pasado por aquí estaréis de paso; si algunos deseáis echar un vistazo, os gusta lo que veis, y queréis regresar, sois bienvenidos.

Gracias a todos.

Hace unos días llegó a mis manos este artículo, escrito por Amy Murray, la directora de educación infantil en la Calgary French & International School en Canada. Me tocó muy de cerca. Ese niño, el que pega, el que interrumpe, el que molesta… es, muchas veces, alguno de mis hijos. Ojalá sus maestros hubieran tenido la mirada de la maestra que escribió esta carta.

Simms Taback

Queridos padres:

Lo sé. Estáis preocupados. Cada día, vuestro hijo llega con una historia sobre ESE niño. El que está siempre golpeando, empujando, pellizcando, molestando, quizás incluso mordiendo a otros niños. El que siempre va de mi mano en la fila. El que tiene un lugar especial en la alfombra, y a veces se sienta en una silla en vez de en el suelo. El que tuvo que dejar de jugar con bloques porque los bloques no son para lanzar. El que se subió a la valla del patio en el momento exacto en el que yo le decía que parara. El que tiró la leche de su compañero al suelo en un arranque de rabia. A propósito. Mientras yo le miraba. Y luego, cuando le pedí que lo limpiara, vació la caja de pañuelos ENTERA. A propósito. Mientras yo le miraba. El que soltó la más terrible palabrota en la clase de gimnasia.

Os preocupa que ESE niño desmerezca el aprendizaje de vuestro hijo. Os preocupa que absorba mucho de mi tiempo y energía, y que vuestro hijo salga perdiendo. Os preocupa que algún día le haga daño a alguien. Os preocupa que este “alguien” pudiera ser vuestro hijo. Os preocupa que vuestro hijo empiece a usar la agresión para conseguir lo que quiere. Os preocupa que vuestro hijo empeore sus resultados porque quizás yo no me dé cuenta de que le cuesta sujetar el lápiz. Lo sé.

Vuestro hijo, este año, en esta clase, a su edad, no es ESE chico. Vuestro hijo no es perfecto pero suele seguir las reglas. Es capaz de compartir los juguetes sin pelear. No lanza muebles. Levanta la mano para hablar. Trabaja cuando es la hora de trabajar y juega cuando es la hora de jugar. Se puede confiar en que vaya directamente al baño y regrese sin engaños. Cree que las peores palabrotas son “estúpido” y “tonto”. Lo sé.

Fijaos, me preocupo todo el tiempo. Sobre TODOS ellos. Me preocupo por las dificultades de vuestro hijo con el lápiz, por cómo lee las letras otro, por la timidez de esa chiquitina, y porque hay otro que lleva siempre la caja del desayuno vacía. Me preocupa que la chaqueta de Gavin no abrigue lo suficiente, y porque el padre de Talitha le grita por dibujar la B del revés. La mayoría de mis desplazamientos en coche y duchas las dedico a estas preocupaciones.

Pero, lo sé, quereis hablar sobre ESE niño. Porque la B invertida de Talitha no le va a poner un ojo morado a vuestro hijo.

Yo también quiero hablar de ESE niño, pero hay muchas cosas que no puedo contaros.

No puedo contaros que le adoptaron en un orfanato a los 18 meses.

No os puede decir que está haciendo una dieta para descartar alergias alimentarias, y que tiene hambre TODO EL TIEMPO.

No os puedo contar que sus padres están en medio de un horrendo divorcio, y que está viviendo con su abuela.

No puedo contaros que empieza a preocuparme que la abuela beba…

No te puedo contar que la medicación para el asma le agita.

No puedo contaros que su madre es monoparental, y por esto entra en el colegio cuando abre la acogida matinal y se queda hasta la acogida vespertina, y después el viaje hasta casa les lleva 40 minutos y por esto duerme menos que muchos adultos.

No puedo contaros que ha sido testigo de violencia doméstica.

De acuerdo, decís, entendeis que no puedo compartir información personal o familiar. Sólo queréis saber qué estoy HACIENDO al respecto de su comportamiento.

Me encantaría decíroslo. Pero no puedo.

No puedo contaros que va a logopedia, que han descubierto un retraso severo del lenguaje y que los terapeutas piensan que las agresiones tienen que ver con la frustración por no ser capaz de comunicarse.

No puedo contaros que me veo con sus padres CADA semana, y que ambos habitualmente lloran en estas reuniones.

No puedo contaros que el niño y yo tenemos una señal secreta con las manos para que me diga cuando necesita sentarse solo un rato.

No puedo deciros que pasa el descanso acurrucado en mi regazo porque “me hace sentir mejor oír tu corazón, señu”.

No puedo contaros que he estado rastreando meticulosamente sus incidentes agresivos durante 3 meses, y que se han reducido de 5 incidentes al día, a 5 por semana.

No puedo contaros que la secretaria del colegio ha aceptado que le mande a su despacho a “ayudarla” cuando me doy cuenta de que necesita un cambio de escenario.

No puedo contaros que me he puesto de pie en una reunión de docentes y que, con lágrimas en mis ojos, les he ROGADO a mis compañeros que le echen un vistazo extra, que sean amables aunque se sientan frustrados de que haya vuelto a pinchar a alguien, y esta vez, JUSTO DELANTE DE UN PROFESOR.

El asunto es que hay TANTAS COSAS que no puedo contaros sobre ESE niño. Ni siquiera lo bueno.

No puedo contaros que su trabajo en el aula es regar las plantas y que lloró con el corazón roto cuando una de las plantas no sobrevivió a las vacaciones de Navidad.

No puedo contaros que despide a su hermanita con un beso cada mañana, y le susurra “eres la luz de mi vida”, antes de que mamá se aleje con el carrito.

No puedo contaros que sabe más sobre tormentas que muchos meteorólogos.

No puedo contaros que a menudo se ofrece para sacar punta a los lápices durante el recreo.

No puedo contaros que estruja al pelo de su mejor amiga en el descanso.

No puedo contaros que, cuando algún compañero llora, cruza el aula para ir a buscar su cuento favorito desde el rincón de las historias.

El asunto es, queridos padres, que solo puedo hablaros de VUESTRO hijo. Así, lo que os puedo decir es esto:

Si nunca, en cualquier momento, VUESTRO hijo se convierte en ESE niño…

No compartiré vuestros asuntos personales con otros padres de la clase.

Me comunicaré con vosotros con frecuencia, y con amabilidad.

Me aseguraré de que haya pañuelos cerca en nuestras reuniones, y si me dejais, os sujetaré la mano mientras lloráis.

Defenderé que vuestro hijo y vuestra familia reciban los servicios especializados de mayor calidad, y cooperaré con estos profesionales en la mayor medida posible.

Me aseguraré de que vuestro hijo reciba amor y mimos extras cuando más lo necesite.

Seré la voz de vuestro hijo en la comunidad escolar.

Seguiré, pase lo que pase, buscando y descubriendo, todas las cosas buenas, asombrosas, especiales y maravillosas de vuestro hijo.

Os recordaré a él y a VOSOTROS de estas cosas buenas asombrosas especiales maravillosas, una y otra vez.

Y cuando otro padre se acerque, con quejas sobre VUESTRO hijo…

Le contaré esto, una y otra vez.

Con mucho cariño,

La maestra.

Lorca

 

Hablamos (en otro desayuno) de la II República, la Guerra Civil, el franquismo… y de Federico García Lorca, alguien presente en el nomenclátor familiar.

Sus poemas, su aportación. Su muerte.

A.: ¿Y lo mataron? ¿Por qué?

N.: Una de las razones por las que lo mataron es que era homosexual.

A.: ¿Qué quiere decir homosexual?

N.: Un hombre – en este caso – que se enamora de otros hombres.

A.: ¿Y por esto lo mataron?… ¡Pues menos mal que no vivisteis en esta época!

En el desayuno

A. y B. han cogido la manía de utilizar una expresión catalana que dice “la mare del Tano quan era gitano” (obvia la traducción… es una frase hecha exclamativa, que se utiliza cuando algo te llama la atención negativamente). El intento de “reducir” el uso de la frase nos llevó a una conversación… ilustrativa.

B.: La mare del Tano…
Yo: Venga, B., ya está bien con esto de la mare del Tano…
B.: Yo no soy la mare del Tano, no soy gitano…
Yo: Bueno, ni madre…
C.: no puede ser madre, primero porque no es mujer y segundo porque no tiene edad.
Yo: eso, no se os ocurra empezar a pensar ahora en ser padres o madres…
A.: ¡¡yo quiero ser padre!!
C.: Yo hace mucho tiempo que tengo pensado tener hijos…
Yo: pero todavía no, eh… ¿Y cuántos hijos te gustaría tener?
C.: Me gustaría tener dos…
A.: ¡¡Para esto tendrás que tener novio!!
B.: O no… puede adoptar…
C.: o ir a una clínica, o pedirle a un amigo que me ayude… hay tres formas de ser madre soltera: adoptando, yendo a la clínica o poniéndote de acuerdo con un amigo. Y también puedo tener novio.

Mucho hemos hablado en este blog de la cara más turbia de la adopción, y en concreto, de la adopción en Etiopía. La mayoría de niños adoptados en este país desde España son aún pequeños – están entrando en la adolescencia- pero en Estados Unidos ya hay muchos adoptados que se han convertido en adultos. Algunos ofrecen testimonios tan amargos como el de esta chica, Tarikuwa Lemma, que considera que la adopción la ha convertido de una hija en una mercancía.

La adopción internacional me convirtió en una mercancía, no una hija.

Fui sacada de mi casa en Etiopía por una agencia de adopción corrupta. Cuando regresé, me sentía etíope, pero me veían como una americana.

En el 2006, menos de un año después de que nos llevaran a mis hermanas y a mí a América como víctimas de una agencia de adopción corrupta, les dije a los americanos que decían que eran nuestra familia “para siempre” que quería regresar a Etiopía. Yo no quería una familia nueva, quería volver a mi familia y a mi país.

Entonces, mi familia adoptiva se puso en contacto con mi familia en Etiopía (usando documentos que nos había dado mi padre, y que nuestra familia adoptiva nos confiscó cuando llegamos) para averiguar la verdad de nuestra historia, ya que la agencia de adopción les había mentido. A través de un traductor en Etiopía, mi padre dijo a mi familia adoptiva que nos devolviera a mis hermanas y a mí, donde él pudiera inscribirnos en la escuela.

Pero el traductor – cuyas traducciones estaban impregnadas por sus propias impresiones de la vida en América – les dijo a mis adoptantes que mi padre quería que nos quedáramos en Estados Unidos para tener una vida mejor, y que no nos quería de vuelta. Este mensaje me lo retransmitió mi segunda familia adoptiva (parientes de los primeros, pero extraños para mí). Como consecuencia de la mentira del traductor, caí en una depresión profunda – que llegó a ser suicida – y odié a mi padre a lo largo de mi adolescencia y primera juventud.

Me perdí nueve años de crecer con mi familia. Me perdí hablar la lengua de mi madre. Perdí a mis amigos y mi cultura. Perdí los sonidos y los olores y el bullicio de mi ciudad natal. Lo perdí todo.

Pero el 2 de junio, dejé la vida que me había construido en Maine para regresar a mi vida en Etiopía. Estaba llena de alegría y excitación – y un poco de nerviosismo – porque no estaba segura de que a mi familia fuera a gustarle la persona en la que me había convertido.

Enseguida me di cuenta de que, aunque estaba en Etiopía, ya no era una etíope – y no era igual, económica o socialmente, a la familia que me trajo al mundo. A mis ojos, era una estudiante universitaria con un préstamo estudiantil, que trabajaba a media jornada por poco más que el salario mínimo con la esperanza de encontrar un trabajo bien pagado en el futuro para pagar mi deuda de estudiante. La gente en Etiopía, en cambio, me veía como rica y privilegiada. Para ellos, era una americana.

Cuando vives en la pobreza, ves los países desarrollados como un paraíso terrenal –económicamente hablando – y mi familia, sus amigos y nuestros vecinos, no eran una excepción.

Por ejemplo, aunque apenas soy capaz de pagar mis propias facturas en América, gano en una semana en mi trabajo a media jornada más de lo que mi hermano, un graduado universitario que trabaja como profesor en Etiopía, gana en un mes. Y, cuando estaba en Etiopía, la gente chismosa les dijo a mi familia que mis amigos me estafaban dinero, o que les daba dinero a ellos en vez de dárselo a mis parientes. Reprendieron a mi familia, diciendo que un amigo – que se compró una motocicleta coincidiendo con mi visita – se beneficiaba de la “inversión” de mis padres. Mi propio padre llegó a preguntarme qué haría por él, para que la gente del pueblo pudiera señalar algún objeto material y decir: la hija de Lemma fue a América y le compró un coche, o le renovó la casa.

Había pasado de ser una hija a ser una mercancía.

Me queda tratar de averiguar, como adoptada, cual es mi rol en mi familia en Etiopía. Cuál es mi responsabilidad hacia aquellos que me enviaron fuera con un desconocido – uno que no se parecía a mí ni hablaba mi lengua – convencidos de que invertían en nuestro futuro común y que yo haría algún día que las cosas les fueran mejor.

Las familias etíopes a menudo colocan, o se ven forzados a colocar, a sus hijos en “programas educativos”, como este en el que me enviaron, después de que les digan que los blancos que patrocinan a sus hijos ayudaran financieramente a las familias, o que sus hijos les ayudarán más adelante (la palabra “adopción” no se usa jamás, y a las familias etíopes no se les dice que perderán sus derechos sobre sus hijos). Permitiendo a un niño viajar a los Estados Unidos con lo que creen que es un programa educativo, los padres creen que están haciendo una inversión a largo plazo en el futuro de la familia entera.

Pero los adoptados no firmamos los papeles de adopción – no tuvimos elección sobre si queríamos entrar en un programa educativo, y mucho menos, ser adoptados. Muchos de nosotros fuimos adoptados de muy pequeños y ni siquiera tenemos recuerdos de nuestras familias, nuestra tierra natal o las expectativas culturales que tienen que ver con ambas cosas. En lugar de esto, crecimos en la cultura occidental, ,en la que nos enseñaron a ocuparnos solo de nosotros, mientras que la cultura etíope enseña a la gente a ocuparse de su familia.

La adopción Internacional está construida sobre una base de mentiras y malentendidos culturales. Una regulación mejor ayudaría, pero el poder se concentra en las manos de un poderoso lobby de agencias de adopción, y los padres adoptivos, que tienen derechos legales de los que los adoptados carecemos. Los deseos de los padres adoptivos se convierten al instante en algo más importante que el niño, o su tierra natal, su cultura o su primera familia. Las historias de los adoptados son borradas cuando se cambian sus certificados de nacimiento para reflejar solo los nombres de sus padres adoptivos – y estos padres pueden cambiar los nombres de los adoptados en contra de sus deseos. Las voces de los adoptados raramente son oídas en las discusiones sobre políticas y, cuando se les escucha, a menudo se las ningunea como “enfadados” o “desagradecidos”.

La adopción no me ayudó; ayudó al negocio de la adopción. La adopción no me salvó; sirvió a la visión americana de la adopción. La adopción no me encontró una familia; me encontró a mi para familias que querían aparentar ser héroes en sus comunidades y sus iglesias. NO fui salvada de Etiopía: Etiopía fue robada de mí.

¿Qué es la religión?

¿Cómo hablar de religión?

Aunque yo soy hija de padres profunda, radicalmente ateos, de que fui a uno de los pocos colegios laicos de la España de los 70, de pequeña conté con una abuela muy religiosa y tengo la sensación de que aprendí sobre la religión por ósmosis. Fui a misa en bastantes ocasiones (además de que todas las bodas y bautizos de la época eran en la Iglesia), tuve referencia de las historias que había tras las festividades religiosas, oí canciones de Iglesia, me relacionaba con niños que hacían la comunión…

No recuerdo tener que preguntar nunca al respecto.

Incluso pasé una etapa de conversa: la influencia de mi abuela me hizo, temporalmente, creyente, y yo intenté convencer a mis padres de que me dejaran bautizarme, hacer la comunión. Pretendía salvarme, y salvarlos.

Ahora agradezco que ellos me explicaran que era una decisión que podría tomar cuando tuviera la madurez suficiente, si aún pensaba lo mismo.

Cuando los niños empezaron a preguntar por cosas relacionadas con la religión (¿por qué canta el muecín? Está rezando. ¿Qué es rezar? Hablar con Dios. ¿Qué es Dios? Un ser imaginario que algunos creen que lo hizo todo. ¿Y por qué lo creen? Es su religión. ¿Qué es religión?)… me di cuenta de que es muy difícil explicar qué es la religión desde una perspectiva no creyente.

Una amiga antropóloga me dio una definición magnífica que uso desde entonces: “la religión es una forma de control social”. A la que añado: que servía para explicar lo que no se entendía del mundo cuando se tenía mucha menos información que ahora.

¿Antecedentes médicos?

Siempre me ha gustado charlar (de forma analógica o digital) con adoptados adultos. Es como mirar por una ventanita e imaginar las emociones que mis hijos quizás no se atrevan a contarme. Que tal vez ni siquiera sepan que tienen.

A. acaba de ser padre de su tercer retoño, una niña. Está emocionado y feliz… pero no puede evitar que una sombra le asalte.

… y ya ha pasado una semana desde que llegaste a casa. Otra semana y podré relajar mi cuerpo un poco más, podré estar algo más tranquilo…

- ¿Antecedentes familiares de fibrosis quistica? -
- No lo sé, fui adoptado -
- bueno, pues si en dos semanas no recibís nuestra llamada es que las pruebas dieron negativas -
- Vale -

Hay una cosa que me aterra. Transmitirles algo “extraño” a mis hijos. Gestionarlo se me hace muy complicado. Mucho. Muchísimo. 

(Han pasado dos semanas y A. respira tranquilo: no ha recibido ninguna llamada. Su hija no sufre fibrosis quística).

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