familia monoparental y adopción

Micro

1.

Llega a mis ojos un anuncio de pizzas que me venden como “bonito”, “tierno”, “precioso”, “emocionante”… Se supone que representa el fin de semana de 17 familias españolas. Finalmente, decido mirarlo. Y lo que me viene a la mente es: ¿de verdad no han encontrado ninguna familia que no sea 100% blanca? ¡¡Que distinto del mundo en el que yo vivo!!

Lo comento.

Me dicen que no me ponga quisquillosa, que me la cojo con papel de fumar… que el anuncio es de lo más normal, que no llama la atención, que no vea malas intenciones, ni conspiraciones, en el cásting…

A mí me parece que en un país que tiene un 12% de población inmigrante, que no haya ninguna familia, ni siquiera una persona, no blanca, es una declaración de intenciones.

Pero igual tienen razón, y los que lo han hecho ni lo han pensado…

2.

En la portada de un diario de hoy: Libros más vendidos en ficción castellano /catalán: Almudena Grandes, Care Santos, Jonas Jonasson, Marta Rojals, Isabel Allende. Titular: “El público premia a los personajes femeninos”. Y a las autoras,,. ¿no? Un 80% de los autores más vendidos son mujeres, pero… ninguneémoslas…

3.

Voy en el autobús, pensando en lo curioso de los carteles que representan a los colectivos que tienen preferencia en los asientos.

Discapacitado: una persona con pantalones con muletas. Aunque generalmente (en los baños, donde se diferencian), la figura con pantalones suele ser un hombre, podemos asumir que nos representa a todos. Anciano: una persona con pantalones con un bastón. Embarazada: una persona (ahí sí asumimos que es mujer) con barriga. Persona con bebé: una persona con falda, con un bebé en brazos. ¿Por qué se da por hecho que las personas que cargan bebés son necesariamente mujeres? ¿o que los hombres con bebés no tienen preferencia a la hora de sentarse?

TALLER SOBRE MICROMACHISMOS ORGANIZADO POR COLECTIVO DE VARONES ANTIPATRIARCALES.

Son tres ejemplos de micromachismo, o racismo de baja intensidad… Porque denunciar el racismo, el machismo o la homofobia, a lo grande, lo que hacen los skinheads, los insultos, los golpes, incluso el humor grueso… esto lo vemos todos. Pero luego está este fenómeno micro, casi invisible, al que es fácil no darle importancia, que es fácil incluso no ver, … pero que nos va conformando hasta que llegamos a pensar que es biológico que a las niñas les guste el rosa y a los niños no.

23 d’abril

Las paradas de rosas en el camino del colegio, la ilusión de los niños por el cuento que compraremos por la tarde, la alegría en el rostro de la gente, los libros.

Las rosas de todos los colores, blancas, amarillas, rosas, azules, violetas, ¡multicolor!, y por supuesto, rojas. Con espiga, con mimosa, envueltas en plástico, con muñequito, envueltas en periódico, solitarias o convertidas en auténticos arreglos florales. Las rosas de papel, de cerámica, de metal, de tela, de corteza de naranja, en forma de anillos, de pendientes, de punto de libro.

Rosas de todos los precios, ¡las tenemos a 2 euros, no encontrarás nada más barato!

Rosas en cubos, en jarrones, en cajas. En las manos de los compradores más madrugadores. Para regalar, o recién recibidas.

Las paradas de libros, los libreros que se afanan colocando los ejemplares mientras bajo por el Paseo de Gracia, el recuerdo de aquellos 23 de abril en los que estuve en el otro lado de la mesa, poniendo libros, envolviendo libros, cobrando libros. Las paradas con las mismas novedades, idénticas, y las paradas con personalidad propia, con libros escogidos con mimo, seleccionados como si fueran para alguien querido. El recuerdo de todas las librerías de todas las ciudades que he pisado. El olor dulce a libro viejo, a polvo y peladillas.

Pan de Sant Jordi, de queso y sobrasada, en las pastelerías.

Las Ramblas, la gente, los turistas con su cara de alucinados, los grupos de escolares, tan distintos a los escolares homogeneamente blancos que fuimos nosotros cuando también era Sant Jordi y también paseábamos por las Ramblas. Aquella vez que salimos en la tele y nos lo dijeron los compañeros que comían en casa, por la tarde, cuando regresaron. Nos lo perdimos porque entonces, claro, ni siquiera podíamos imaginar que un día existiría Internet.

 

Los Juegos Florales de mi infancia, que gané tantas veces, los Juegos Florales del colegio de mis hijos, que aspiran a ganar. “En mi corazón ya has ganado, B.” “Claro, ¡porque soy tu hijo!” Los primeros poemas, el primer cuento que me atreví a enseñar.

El Dragón y el caballero, la princesa que nunca estuvo en el cuento que me contaron en mi infancia, las metáforas, las deconstrucciones, las revisitaciones, de la historia de Sant Jordi.

El sol en la cara, los empujones, las ganas de pasear, la calle. El olor a mar.

Y llegar al trabajo con una sonrisa en los labios.

Artistas

Mi hijo mayor dibuja muy bien. Él, a quien tanto le cuesta expresarse con las palabras, que se traba y se aturulla, que no encuentra la frase justa … es un hacha expresando emociones en dibujo.

Tanto, que no puedo resistirme a colgar un retrato que me hizo, a vuelapluma, una mañana mientras desayunábamos:

Mi hijo pequeño, en cambio, dibuja muy mal. Sus dibujos son esquemáticos, imprecisos, deslabazados. Nunca muestran lo que él imagina y a menudo, le hacen enfadarse, rayarlos, romperlos.

No ha ayudado nada la actitud del colegio, que ha coartado su expresividad, su espontaneidad, que les exige que dibujen según un patrón, y les juzga según ese patrón.

Ojalá cualquiera de los dos se hubiera encontrado con una maestra (o maestro) como la de este cuento:

Viernes

© The Norman Rockwell Estate; used with permission

La perspectiva de 10 días en familia, el viaje, el cansancio, el último día del cole, dejar cosas cerradas en el trabajo, las maletas, los “seguro que me dejo algo”, la emoción del reencuentro, la separación de los compañeros, el álbum, dejar las plantas regadas, la primavera, el final de los madrugones, las notas, las notas, las notas.

1000 minutos

A menudo, los padres adoptivos nos preguntamos por qué algunos niños, adoptados al nacer, y que no han sufrido por lo tanto ni institucionalización, ni negligencia, ni la experiencia de apegarse a alguien para perderlo después… parecen tanto o más dañados que niños que han sido adoptados de mayores (y que procedían en algunos casos de hogares donde no eran bien atendidos o de orfanatos inhóspitos).

Nancy Verrier aseguraba en su libro “La herida primaria”, que esta herida, la que procede de la separación entre el niño y su madre cuando aún forman parte de un “todo”, es más grande cuando el niño es separado inmediatamente al nacer que cuando puede pasar aunque solo sean unas horas con ella.

En “La Contra” de la Vanguardia publicaron la semana pasada una entrevista que aporta elementos muy interesantes a esta idea. es con el experto en neurociencia perinatal Nils Bergman.

Copio algunos extractos:

Los mil primeros minutos de vida determinan la salud y el desarrollo para toda la existencia.

La separación madre-bebé después de parto y durante el primer período crítico (incluso con grandes prematuros) crea un estrés tóxico que provoca cambios hormonales, metabólicos y cognitivos que afectan la salud y la duración de la vida.

Que madre e hijo permanezcan piel con piel durante esos mil primeros minutos hace que los circuitos neuroanles de la inteligencia emocional se conecten: la amígdala (el cerebro emocional) se conecta con el lóbulo prefrontal (el cerebro social). Si el bebé percibe que este mundo es un lugar difícil, en lugar del circuito de la oxitocina conecta el del cortisol. El neonato en las primeras dos oras tras el nacimiento escoge entre las dos opciones según si se siente seguro o inseguro. Hay un sitio en concreto en el cerebro que dice a la amígdala en qué dirección tiene que empezar a hacer las conexiones y la decisión responde a la cuestión “¿estoy seguro o inseguro?” Es una decisión binaria: sí o no. El circuito del cortisola acelera otros circuitos, eleva el estrés, la presión, y el cerebro y el cuerpo experimentan  un desgaste que afecta también a la duración de la vida.

 

Últimamente me han llegado varias propuestas de actividades para padres y madres. Por ejemplo, este ciclo de Conferencias llamado “Con mirada de niño” (se ve que la mirada de las niñas importa menos), con los inevitables Carlos González y Rosa Jové al frente; o esta charla sobre los Trastornos del Espectro Alcohólico Fetal organizado por AFIN, un grupo de investigación muy interesante que depende de la Universidad de Barcelona; o esta actividad, una de las muchas organizadas por el Instituto Familia y Adopción.

No he ido a ninguna de las tres citas. Por muchas razones: no me interesan especialmente los asuntos a tratar, la logística (siendo monoparental y con dos hijos) es complicada y hace tiempo que no voy a actividades que no contemplen un servicio de monitoraje para niños, la vida no me da para más…

Pero también porque hace tiempo que decidí no dar a ganar dinero a las organizaciones que me discriminan, en uno u otro sentido.

Y en este caso, la discriminación no podría ser más clara…

En el primer caso, el precio es 12 euros la entrada individual y 18, para las parejas.  En la charla de AFIN, el coste de inscripción es de 10 euros por persona, 15 por pareja. En la charla del Instituto Familia y Adopción, el precio son 10 euros por unidad familiar, se entiende que indistintamente de si es monoparental o biparental.

Hagamos números: en el primer caso, las personas monoparentales pagamos un 33% más que las personas que forman parte de una pareja; en el segundo, la cosa sube: un 50% más si eres monoparental. En el tercer caso, si estás sola, pagas ¡¡el 100% más que las personas que tienen pareja!!

¿No es un sinsentido? Los monoparentales tenemos la mitad de ingresos, de manos, de familia extensa, pagamos solas todos los gastos derivados de la crianza, tenemos la mitad de vacaciones y tenemos que organizar toda nuestra vida (incluida la asistencia a charlas y conferencias) con un solo horario laboral. ¿No deberían hacernos el descuento a nosotros?

 

Hace 5 años

Debí levantarme en la cama de mi apartamento de Marruecos, junto a A., pensando en B., que se había marchado unos días atrás con el abuelo, con esa sensación desasosegante de que, si no estaba en mi entorno visual, no podía estar bien.

Debimos desayunar, te y gallegas, A. su inevitable bibe tibio, que agarraba con ambas manos con fuerza al grito de “¡Ten, ten, ten!”.

Es posible que pasáramos por la inmobiliaria del apartamento para saludar a S. y H. Quizás H. decidió poner un ratito el cartel de “he salido” para irnos a tomar un te en la terraza del centro comercial del centro. Bebimos mientras charlábamos y mirábamos el mar.

Quizás puse alguna lavadora, quizás me acerqué al supermercado. No sé si bajamos a la playa o dimos un paseo por las calles de la ciudad.

Miraríamos cuentos y yo debí observar a A. jugando en el suelo al único juego que dominaba en ese momento, y que consistía en llenar un barreño de objetos, arrastrarlo por el salón, vaciarlo, volver a empezar.

No sé si fue este el día que fuimos a la crèche a buscar una foto de A. de bebé que me habían prometido. Al volver, se me rompió el carrito donde A. se había quedado dormido (decidí ahorrarle la angustia de volver a su anterior hogar, sin poder explicarle que no se iba a quedar en él), y tuve que cargarle en brazos. ¡Cómo pesaba!

Debimos comer en casa, y sin duda, hicimos la siesta.

Seguramente volví a pasar por la inmobiliaria a la hora del cierre y dimos una vuelta con H. y con S., tal vez comimos m’simen, nos tomamos un te e hicimos alguna compra. Quizás fue este día el que conseguí la tetera en la que cada mañana me hago té a la menta.

Lo que sí es seguro es que pasé el día pendiente del móvil, a ver si llegaba el último documento que faltaba, el visado para el pasaporte de A., que se retrasó porque la persona que los gestionaba en la embajada estaba de vacaciones.

Esperando un SMS con la palabra “Fax”.

Que llegaría dos días más tarde.

Quizás me llamó mi padre por la noche, quizás hablé con B. Quizás me sentí angustiada por la distancia, por la necesidad de abrazarle.

No guardo muchos recuerdos concretos de ese día, uno de los últimos que pasé en el pueblo de A. antes de regresar a casa, convertidos en una familia de tres.

A 900 kilómetros de allí, la familia de N. también se convertía en una familia de tres. Mientras yo esperaba el visado de A., nacía el pequeño P.

Hace 5 años.

Que extraña es la vida, ¿verdad?

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