familia monoparental y adopción

Hace algunos días, escribió en el blog alguien que firmaba como mestizo adoptado. Su testimonio sobre el racismo de distintas intensidades que ha vivido a lo largo de su vida es tan revelador, que me he tomado la libertad de publicarlo en forma de entrada.

Yo soy mestizo, o mulato; y fui adoptado con 2 años; ahora tengo 24. Sobre ésto no puedo aportar mucho más ya que de hecho desconozco totalmente mis orígenes.

Me ha gustado leer vuestros comentarios, sobre todo los de aquellas personas, adoptadas o no, que han sufrido el racismo en sus carnes. Me he sentido muy identificado, por ello expondré también mis experiencias sobre el racismo sufrido y cómo de sutil llega a ser éste.

Mis padres son blancos, y toda mi familia también, mis relaciones con gente negra, mestiza o de otras razas que no sea blanca es bastante escasa, ya que desde pequeño todos mis amigos han sido blancos, pues no ha habido nunca negros en mis círculos sociales, escuelas, centros de actividades extraescolares, etc. Exceptuando en varias ocasiones que mencionaré a continuación.

Recuerdo que en la escuela primaria no sufrí racismo, aunque ello me produce un mal sabor de boca, porque en mi clase había otra niña negra -pero ella no era mestiza, sino prodecente de padre y madre negros- la cual recibía todos los insultos por mí. Puedo asegurar que los insultos que recibía eran crueles y devastadores, y que esa niña se pasaba casi todos los días llorando. ¿Qué hacía yo al respecto? Debo reconocer que nada, y achaco ese comportamiento a dos factores: 1- Aquella niña negra era marginada, insultada por su color de piel y maltratada; no obstante, otros niños de la clase también eran marginados, por ser gordetes, demasiado callados, etc., en este sentido ella era una más dentro del grupo de marginados. 2- Mis padres nunca me dijeron que yo era negro, y esto sucedió en todos los sentidos -aunque fuera evidente a la vista-, de modo que mi identidad como negro no fue formada desde pequeño.

La identidad como negro creo que es importante, decirle al niño cómo es y que ello significa que la gente te mirará y hará comentarios sobre tí; mostrarle modelos de gente negra de éxito, de pensadores negros, etc.; ya que en su día a día los niños experimentaran el rechazo por su condición, el odio que produce su color de piel, y necesitan por ello alguien que les diga que su color está bien, y que ha habido grandes personas con su mismo color.

Mis experiencias de racismo las empecé a experimentar en la escuela secundaria, período en el cual cambié de escuela. Las agresiones fueron en mi caso siempre verbales, se apuntaba a alguna distinción sobre mí : “pelo esponja”, “morenito”, o cualquier cosa por el estilo. En ésta etapa mi modo de afrontar esta situación era agresiva, la manera de no acabar agredido era ser directamente el agresor. Con ésto no digo que ello esté bien, sino que la agresividad y rebeldía pueden ser buenos indicativos que esconden tales problemas.

En secundaria incluso experimenté situaciones racistas con profesores, y de hecho creo que este detalle es significativo para entender la percepción del racismo entre víctima y agresor. Estos profesores racistas, de manera consciente o no, lo eran por medio de un chiste: “Este es el del negro, el cojo, etc.”, hay que imaginar esto contado por un profesor ante una clase de adolescentes en la que sólo hay un negro; de hecho parece casi natural que los niños se giraran para mirarte o comentar algo, de ahí un comportamiento agresivo como defensa. También podían ser racistas estos profesores por medio de la simple alusión al “negro”, es decir, distinguir en una frase a la persona negra de la otra, blanca, por medio de ese simple nombramiento (está claro que “negro” en ese caso no sólo significa una persona, sino pobre, marginado, no deseado, etc….).

Estas situaciones me han hecho entender el racismo de un modo muy arraigado y difícil de percibir para aquel que no se tiene que preocupar por el racismo, nada más que de no ejercerlo.

DETALLES- seguramente muchas personas negras digan que no les importa que alguien se refiera a ellas como “el negro” y “la negra”, sin embargo eso es matizable, y creo que es fundamental a la hora de detectarlo. A mí me gusta imaginar una situación en la que cada una de las personas fuera de raza, etnia, nacionalidad distinta, y tuvieramos que hablar de ellos: así por ejemplo si tuviésemos que dar una descripción a la policía para buscar a esa persona, hablar de indio, chino, negro, etc., no parece racista. Sin embargo si una profesora llama a sus alumnos, no llamaría al negro, ni al chino, sino a José y Antonio, por ejemplo. Los matices de esto son inmensos y creo sólo detectables por aquellos que los padecen, hay que considerar que ciertas personas usan el lenguaje de éste modo para imponerse de algún modo, marcar una diferencia intangible que posiciona al “indio” por debajo y de manera sutil.

El aprendizaje de estas actitudes me parece esperpéntico, pues incluso en la televisión, en series como “Aïda”, se promociona la risa fácil por medio de la discriminación. Habrá personas que digan que eso es una exageración, sin embargo, hay que entender que con eso lo que se hace es enseñar: “es bueno hacer bromas con el bebé negro, haciendo alusiones a heces”, o cualquier otra burrada que se les ocurra. ¿Si vuestro hijo fuera negro le pondrías una serie delante de sus amigos blancos donde se ríen de una persona negra? ¿Lo harías una vez, y dos, y siempre?

Lo que detecto de modo general es un ímpetu por marcar la diferencia segregadora, y para ello no es necesario proferir un insulto, sino un simple comentario es suficiente. El “amigo” del shawarma siempre será eso, el “amigo”, nunca Rakam, de 34 años, que estudia por las noches y tiene dignidad como ser humano, etc. Sin saberlo, ya lo hemos clasificado.

A mi entender, todos estos detalles llevan a las actitudes racistas reconocidas (como el policía que sólo registra al negro), ya que han sido aprendidas poco a poco, con comentarios, bromas, chistes, motes, etc. Y eso mismo, la atención a los detalles, sería lo ideal para enseñar a un niño negro que ha sido adoptado, es decir, pensar sobre las palabras, sobre lo que dice, cómo entiende cierta expresión, qué siente con tal o cual comentario. Si tu vecina llama a tu hija “chocolatito” seguramente tu vecina no vea nada malo en ello, pero a tu hija le molesta que no le llamen Ana. De hecho de esta manera me he sorprendido a mí mismo, mulato, siendo racista, por mi modo de hablar sobre “los lateros”, etc.

Volviendo del colegio con V. (7 años, adoptado en nacional de bebé).

V.: ¡Yo soy el más alto!

B.: ¡Pero yo soy el mayor!

V.: ¡Pues te morirás antes!

B.: O no… a lo mejor vivo más años que tú…

V.: El abuelo de mi padre vivió hasta los 101 años…

B.: Pues mi abuelo de Etiopía, hasta los 110…

V. (mirándome a mí): ¿De verdad?

Yo: Pues no lo sé, yo no le conozco…

B.: Sí, ¡es verdad!

V.: ¿Y cómo lo sabes?

B.: Porque mi madre de Etiopía está viva… y me lo dijo.

V.: Pero ya no es tu madre… ahora tu madre es M. (yo).

B.: No, yo tengo dos madres.

V. (mirándome a mí): ¿De verdad tiene dos madres?

Yo: Tiene a su madre de Etiopía, que es su madre biológica: le llevó en la barriga y le cuidó cuando era pequeño, y ahora me tiene a mí, que soy su madre adoptiva.

V.: Ah… pues yo también tengo dos madres: mi madre bio-bio-biológica… y mi madre de aquí.

A.: ¡¡Todos tenemos dos madres!!

A todas las familias.

 

 

(Aunque, como de costumbre, echo de menos algo más de diversidad racial… ¡y alguna familia numerosa!)

“Los negros son más guapos”. “La piel negra es más bonita que la blanca”. “¿No has visto como los blancos se ponen al sol para ponerse morenos? Es envidia” “La raza negra es superior: sois más guapos, más atléticos, más fuertes, tenéis una piel más bonita”.

Estas son frases que a menudo los padres y madres (blancos) de niños negros les dicen, para alimentar su autoestima y empoderarles respecto a su color de piel.

Sin embargo, a mí siempre me chirrían estas frases…

…igual que me chirriarían las mismas frases aplicadas a la raza blanca.

¿Por qué decir que los blancos son más guapos es racismo y decir que lo son los negros no lo es?

(P., madre de tres hijos blancos, dos de ellos adoptados, suele quejarse de que los que tenemos hijos negros digamos sin rubor “me gustan más los niños negros”, “me gustan más las pieles oscuras”, “no me gustan los rubios”… mientras que las mismas frases, a la inversa, serían directamente interpretadas como racismo y prejuicio).

Aunque ya no decía estas frases cuando tenía un solo hijo, negro, tener un segundo hijo blanco todavía me hace notar más lo extraño de esta actitud. Ninguno de mis hijos es de una raza superior al otro…

…y de hecho, no creo que haya razas superiores: en esto se basa el racismo… incluso si lo usamos a la inversa.

No veo mucha diferencia entre decirle a un niño blanco que su raza es superior y decírselo a un negro… igual que no la veo entre decirle a una niña que las chicas son más listas y decírselo a un chico, como se hacía antaño.

Hace algún tiempo, J., una compañera de trabajo, hablaba admirada de una profesora de su hija, a la que definió como “muy cañera”, que decía abiertamente en clase que las chicas son más listas, que llegarán más lejos… y me dio por pensar en cómo se lo habría tomado ella, madre de una chica, si una profesora (o peor aún, ¡un profesor!), hubiera dicho lo mismo cambiando el género. Al fin y al cabo, los hombres suelen llegar más lejos en lo profesional, en lo que al poder y al prestigio se refiere… y hasta hace 30 o 40 años se aseguraba sin prejuicios (y sin más oposición que un puñado de feministas, siempre sospechosas de chaladas) que los hombres eran más inteligentes, y se argumentaba que por esto el 99% de los intelectuales conocidos eran hombres.

¿No estamos cayendo en el extremo contrario? ¿No es igual de absurdo?

P.D. R, madre de dos adolescentes negras, dice siempre que le molesta cuando les dicen a sus hijas que “las negras sois muy guapas”. ¿Por qué tienen que englobarlas en un colectivo? ¿Tan difícil es decirles a ellas, directamente, que son guapas, por ser quienes son, sin aludir a su color de piel?

Ser padres

«Ser padres es más que aplicar cuatro teorías psicopedagógicas y esperar el milagroso resultado. Ser padres es querer, proteger, mimar, poner límites, educar, acompañar, servir de sparring, aconsejar, ordenar, crear un ámbito cálido de convivencia, sugerir, castigar, orientar, animar, empujar, consolar, servir de modelo, cuestionar, asentir, disentir, comprender, perdonar, resistir, resistir y resistir…»

Esto lo dice José Ángel Giménez Alvira, autor del libro “Indómito y entrañable”, en este artículo, uno de los más completos y menos demagógicos que he leído sobre los reabandonos en adopción.

El hombre de mi vida

Cuando tenía 14 años, me fijé en un chico por primera vez. D. era un compañero de clase que estaba enamorado de G., que estaba enamorada de F., que estaba enamorado de L…. Así era el amor en la adolescencia: una cadena de afectos no correspondidos. Salvo que nadie estaba enamorado de mí.

Conocí a M. cuando tenía 16 años. Era el chico más guapo de mi clase, pero yo no me habría fijado en él si no hubiera sido por mis amigas. Me acerqué a él para servirles de puente… y ya saben lo que pasa con los puentes: son lo primero que salta en pedazos. En el amor como en la guerra.

Cuando trataba de reconstruirme, pasó por delante mío R. No teníamos nada en común, salvo la atracción física. Fuimos lo suficientemente sensatos para verlo a tiempo, o lo fui yo. Duró muy poco.

C. se ganó su lugar en mi vida por insistencia. Se enamoró de mí como nadie lo había hecho antes. Me hizo sentir segura… después de tanta pasión dañina, pensé que sería suficiente. Que podía meterme en una relación tibia, sin sobresaltos, sin peligros. Que no me dañaría.

Que equivocada estaba.

Dejé a C. porque había conocido a A. Se metió en mi vida sigilosamente y lo ocupó todo. Me hizo sentir otra vez valiosa, importante, inteligente. Viva. Pensé que era imposible que algo tan intenso terminara… pero terminó.

Y me dejó lamiéndome las heridas, preguntándome por qué siempre me enamoraba de hombres que no me querían y me dejaba querer por hombres que no me gustaban nada.

Después… pasaron más de 10 años. La vida, los hijos, los amigos, el trabajo, algún chico que no quiso quedarse; o no me lo quise quedar yo.

Había cerrado las puertas.

Primero, descubrí todo lo que no quería… y luego descubrí lo que sí quería: Todo. ¿Y cómo encontrarlo todo en una sola persona?

La ilusión de descubrir de D., el arrebato de M., la atracción física de R., la permanencia de C., la sintonía de A. ¿Existiría todo eso en una sola persona?

No, era imposible: así que decidí conformarme con el hecho de que había querido, mucho, y me habían querido, no poco, y que algunas veces hasta habían coincidido ambas cosas en el tiempo y el espacio. Y que había sobrevivido a todo ello.

Y entonces, inesperadamente, conocí a N.

No me esperaba enamorarme de N. Porque a pesar de que tenerlo todo: inteligencia, belleza, integridad, conversación, combatividad, principios, simpatía, ternura, pasión… N. no era un hombre.

¿Y cómo me iba a enamorar yo de una mujer?

Recuerdo cuando volví de casa de N., que nos había alojado un fin de semana, un poco de carambola, fascinada, enganchada con lo vivido… y pensé: Si fuera un hombre, pensaría que estoy enamorada.

Afortunadamente para ambas, N. sí reconoció lo que estaba pasando. Y empezó a cortejarme, a fuego lento, sin prisas; hasta que abrí los ojos. Y la vi.

R. y L. fueron las primeras personas a las que les conté lo que estaba viviendo. Y R. me dijo: “No me extraña: tal y como tú eres, ¡es normal que el hombre de tu vida sea una mujer!”

Para hacernos pensar

 ”Comprendí que algo malo sucedía cuando vi a una preciosa niña blanca corriendo a los brazos de un hombre negro”. 

Esto lo dijo Charles Ramsey, el señor (negro) que ayudó a liberar a Amanda Berry, Michele Knight y Gina DeJesus, las tres chicas secuestradas. La niña a la que se refería, es la presunta hija de Amanda Berry, nacida en cautividad en los 10 años de secuestro de su madre.

Revelador, ¿verdad? Una frase para hacernos pensar mucho.

P.D. La noticia del triple secuestro, con niña nacida en cautividad incluida, me hizo pensar mucho en una novela que me impresionó mucho: La habitación, de Emma Donoghue.

 

Sacado de la Página de Facebook Estrategias Educativas

En los últimos años, cuando un niño presenta dificultades se tiende a catalogarlo en lugar de interrogarse por lo que le pasa. Se utiliza el DSM IV (manual de trastornos mentales) como un catálogo en el que todo niño puede ser ubicado.

Y en lugar de pensar por qué se porta mal en clase, se lo clasifica como ADHD (trastorno de comportamiento) o como ODD (trastorno oposicionista desafiante); o bien si un niño llora permanentemente se dice que es un trastorno bipolar. Pero nadie se pregunta qué le pasa a ese niño, en ese momento y por qué se porta mal o por qué llora; qué pasa en esa familia y en esa escuela y qué cuestiones de época están jugando.

Un niño es alguien muy diferente a un síndrome. Y debe ser pensado como lo que es: un sujeto en estructuración, en crecimiento y cuya estructuración y crecimiento se dan en relación con un contexto familiar y social.

En ese sentido, todo niño merece ser pensado desde la complejidad: desde su historia, desde los vínculos familiares y desde la sociedad de la que forma parte. Así, que algunas patologías se repitan en este momento no es casual ni implica una especie de epidemia de trastornos neurológicos, sino que vivimos en un mundo que promueve ciertos funcionamientos.
Considero que los adultos estamos “desbordados” por el ritmo de vida que llevamos, por las exigencias de un mundo acelerado y que, por consiguiente, hay menos espacio para tolerar las demandas infantiles.

A la vez, me parece que se les suele otorgar a los niños un lugar de mucho poder. Hay una idealización de la infancia y la adolescencia que lleva a que se suponga que los niños son los que lo pueden todo, mientras que la adultez es una etapa difícil. En lugar de prometerles un futuro en el que van a poder lo que ahora no pueden, se les transmite que pueden ahora aquello que después no podrán. Esto los lleva a un funcionamiento de poco respeto de las diferencias, a estados de angustia que se manifiestan a través de un exceso de movimiento, a dificultades con las normas. E insisto: a los adultos nos cuesta sostenernos como tales.

Beatriz Janín

¿Tenemos los padres adoptivos derecho a emprender la búsqueda de los orígenes por nuestros hijos? ¿O les pertenece únicamente a ellos? ¿Es una obligación en los casos en los que el tiempo puede borrar la información? ¿O el perder las pistas es un riesgo que tenemos que correr? Y si decidimos emprender la búsqueda, ¿hasta dónde podemos llegar? ¿Dónde tenemos que pararnos? ¿Es lícito establecer una relación de algún tipo con nuestros pares biológicos – nuestros homólogos, como los llama S.?

Venimos discutiendo esto desde hace tiempo, y las opiniones están polarizadas. Cuestiones prácticas, dudas morales, puntos de vista opuestos… y la gran pregunta que creo que nos planteamos todos los padres frente a este dilema: ¿Nuestros hijos nos lo reprocharán?

Como ya saben, yo soy de las que tomé la decisión de buscar; o mejor dicho, me encontré en la tesitura de poder encontrar (la madre de B. dejó sus datos al darlo en adopción, lo que me hizo pensar que quería ser localizada), y luego tomé la decisión de profundizar en esta relación.

Yo soy de las que opté por buscar, pero esto no quiere decir que no tenga dudas respecto a qué es lo mejor, ni respecto a si mis hijos me lo reprocharán… las tengo, y muchas. Pero con estas dudas, decidí tirar adelante la búsqueda asumiendo las consecuencias que pueda tener, porque valoré las dos posibilidades y me pesó más el miedo a perder la información.

¿Me lo reprochará mi hijo? Puede ser. Como podría ser que me reprocharan haber perdido la posibilidad de obtener esta información, de localizar a su madre cuando estaba localizable, de conseguir datos, fotos, cartas, respuestas (al menos las primeras: las siguientes, les correponderá a ellos buscarlas).

Nuestros hijos nos reprocharán algo, sí o sí, igual que nosotros hicimos con nuestros padres; y será lo que menos esperemos, seguramente.

Y ante la opción de que me reprochen haberme metido donde no me llaman o que me reprochen haber perdido la posibilidad de conseguir información, preferí el primer reproche… quizás porque en el primer caso siempre se puede recular… quizás porque por mi manera de ser, siempre me parece mejor saber que no saber (aunque mis hijos podrán sentirse de otra manera)… quizás porque lo segundo es irremediable; 

Y porque meternos dónde no nos llaman es parte de nuestro trabajo como padres: tomar decisiones, que pueden ser acertadas o no, es la responsabilidad que adquirí al responsabilizarme de mis hijos. Y asumo el riesgo de que en el futuro ellos puedan creer que esto, como muchas otras cosas, habría sido mejor hacerlas de otra manera.

No tenemos otra que asumir el riesgo. Y precisamente porque el riesgo es grande, está bien reflexionar, informarnos, pedir opiniones… para hacer lo que creamos mejor. Yo tomé mi decisión en su día, no porque no tuviera dudas (las tuve y las tengo), sino porque ante todas esas dudas, me pareció la mejor opción, la que me hacía sentir más cómoda, más acertada… mis hijos pueden pensar lo contrario, por supuesto, pero tendré argumentos para defenderla.

P.D. Como ya he explicado varias veces, ninguna de las fotos del blog es de mis hijos ni de ninguna persona de la que se hable aquí, excepto en algunos casos de personas públicas. Esta, como otras muchas, la he tomado prestada del Facebook del Armario de Yaïvi, que me enternece todos los días con las imágenes que cuelga.

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